Homilía del Señor Arzobispo para el VI Domingo del Tiempo Ordinario

“Si quieres, puedes limpiarme...”

Estas palabras del leproso manifiestan una absoluta confianza en Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme…”. Un leproso se acerca a Jesús y expresa su estado de ánimo poniéndose de rodillas ante él. Este gesto de arrodillarse manifiesta un gran respeto por Jesús y las palabras “si quieres, puedes limpiarme” expresan una gran confianza. Ya saben que un leproso era un marginado, este leproso del Evangelio representa el ex-tremo de la marginalidad, era un excluido de la convivencia y de la sociedad, nadie podía acercarse a él. Estaba prohibido por la ley, se consideraba un castigado de Dios. Ciertamente quedaba fuera de la sociedad, temerosa de verse físicamente contagiada y religiosamente contaminada.

Eran en cierto modo, para la mentalidad de la época, unos castigados por Dios. Según la doctrina judía no había para ellos posibilidad de acceso a Dios. No es simple-mente un enfermo, sino un ex-pulsado social y religioso. Pero este leproso se atreve, a pesar de todo, a acercarse a Jesús… y, arrodillado en tierra, no pide que le toque (que estaba prohibido), solo manifiesta su absoluta confianza en Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.

La reacción de Jesús es insólita: “Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente…” Jesús no solo permite que se acerque, sino que Él mismo lo toca (que estaba terminante-mente prohibido) y manifiesta de manera rotunda su voluntad: basta con tocar o acariciar (haptomai), ofreciendo presencia personal, contacto personal, al que se hallaba condenado, sin contacto. Esta mano de Jesús que toca es la expresión suprema de la misericordia.

El leproso le había dicho “Si quieres”, y Jesús responde: “Quiero: queda limpio”. Con este gesto Jesús arranca aquel hombre del aislamiento y de la exclusión, hace saltar los prejuicios y discriminaciones de la sociedad, rompe las barreras y los muros que los seres humanos levantamos y nos enseña que el camino acertado es el del amor que lleva a una convivencia fraterna. El texto dice que Jesús “compadecido”: Hay que poner de relieve que Jesús “se conmueve” ante el leproso y ante toda miseria humana, Jesús es “la ternura de Dios” ante los seres humanos… Y el verbo en griego (splagnistheis) que emplea el evangelista expresa una ternura, una compasión.

Lo que en realidad mueve a Jesús es la compasión que siente ante el ser humano que tiene delante. Jesús es la “compasión de Dios” ante la humanidad. La “compasión de Dios” ante cada uno de nosotros. ¿Me dejaré tocar por la compasión del Señor? ¿Cómo transmitir hoy la compasión de Dios a todos los excluidos de nuestra sociedad? Extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”, Jesús extiende la mano y toca expresamente al leproso, sabiendo que, en línea de ley, ese contacto va a mancharle (haciéndole impuro ante la Ley), pero sabiendo también y sobre todo, que Él puede y debe purificar al leproso. Jesús desoye la ley del Levítico, que prohibían “tocar” a los leprosos, bajo pena de impureza…Esto expresa el deseo profundo de liberación para el leproso y para todos nosotros. Jesús, “lo tocó.”

El significado del verbo griego quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo. Él toca nuestras heridas y las heridas de toda la humanidad. Jesús utiliza el sentido del tacto que todos añoramos ya que es expresión de la ternura. Con este gesto “provocativo” (de tocarle) Jesús quiere enseñar que el leproso no es un maldito o alguien castigado por Dios, sino alguien amado por Dios… Y es que la verdadera lepra no es la física, sino todo aquello que nos impide vivir plenamente. El Dios de Jesús no excluye a nadie de su amor. Todos los seres humanos somos hijos de Dios y dignos de su amor.

El “Quiero, queda limpio”… es como si Jesús le dijera: estoy contigo, corro el mismo riesgo que tú… “quiero”, significa: te acepto, te doy lo mejor que tengo. No eres un maldito de Dios, sino un hijo amado de Dios… El leproso quedó curado en el mismo momento, es decir, la curación no es el resultado de un tratamiento, es la acogida de Jesús la que le cura: es la acogida de su amor lo que nos cura a todos.

¿Podemos sentir que Dios nos acoge a todos como al leproso del Evangelio de hoy? ¿Podemos intuir que en su acogida y en su amor, sin límites, que somos curados en profundidad? Hoy día, también están los “nuevos leprosos”, los marginados de nuestra sociedad: inmigrantes, prostitutas, refugiados, los que viven en las cárceles, los ancianos que viven solos, los empobrecidos y apartados de sus derechos y víctimas de un sistema que olvida a la persona en aras de un falso progreso económico y la lepra de todos aquellos que no se sienten amados de verdad.

Nosotros deseamos hacernos discípulos/as de Jesús, y Él nos sigue enviando a curar a los leprosos de nuestro tiempo: Estamos invitados a prolongar los sentimientos, las palabras y los gestos de Jesús. Estamos invitados a dejarnos impregnar por la “compasión” de Jesús y a expresarlo a través de nuestra oración, de nuestros gestos de cercanía y de nuestra solidaridad. ¿En nuestras comunidades aprenderemos de Jesús a acoger a aquellas personas que por circunstancias diferentes son excluidas de nuestra sociedad? Señor, que nos dejemos to-car por tu amor. Concédenos la fuerza para acercarnos y tocar la lepra de las nuevas pobrezas que envilecen nuestra sociedad.

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