Reflexión | Un Corazón que ama.

Esta semana que celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón, tengo sinceramente sentimientos encontrados. Recuerdo en primer lugar que el año pasado no pudimos contar con fieles para nuestras celebraciones y sin duda que el que este año podamos hacerlo será una bendición que probablemente apreciaremos mucho más con el paso de los años. Celebrar una fiesta patronal en la que todo se hace de manera digital o virtual es algo que no quiero volver a repetir en la vida.

Lo cierto es que el Corazón de Jesús remite inmediatamente a considerar las medidas de nuestro propio corazón. Con todo este tiempo de pandemia que ha pasado, hemos descubierto corazones que parece que no les circula sangre sino ácido.

Hemos experimentado, lo hemos visto, peor aún, lo seguimos viendo lo peor de muchas personas al no importarles la situación de los demás. Sobre todo cuando seguimos acercándonos a un nuevo proceso electoral enmarcado en los 200 años de independencia pero con una situación peor que la vivida hace 200 años.

Hace 200 años había esperanzas, muchas incertidumbres pero se miraba el futuro con una cierta ilusión. Hoy, 200 años después, lo que sentimos es una profunda decepción. Nuestras autoridades no reflejan un interés por el bienestar de todos. Las leyes no son para generar ciudadanía sino para crear mayor impunidad.

Por eso, quiero celebrar al Sagrado Corazón recordando que nuestro país fue consagrado a Él en un momento de profunda crisis cuando las guerras civiles entre liberales y nacionalistas desangraban el país en unas contiendas entre hermanos en las que como siempre los que pagaban los platos o ponían los muertos eran los que poco entendían que los hilos los movían, como hasta ahora los que se sientan en la misma mesa y negocian todo.

Absolutamente todo. Quisiera poder de nuevo consagrar nuestro país a los Sagrados Corazones para que ablanden los nuestros y nos recuerden que es lo que realmente importa. Pero sobre todo lo que estoy haciendo a lo largo de toda la novena es pedirle a nuestro Señor que se consiga un buen ablandador para que toque las mentes y los corazones de esos candidatos que tenemos para que sean lo suficientemente valientes y se sacudan de encima a los dueños de los partidos que tienen más de un par de décadas de estar manipulando todo. Necesitamos un trasplante de corazón para que se cumpla la Palabra de Dios y nos de un “corazón de carne”.

Necesitamos urgentemente cambiar de mentalidad y por enésima vez debemos comprender que eso no podrá ocurrir esperando a que los otros cambien, sino cambiando nosotros. Si no nos atrevemos a hacerlo lo más grave será que nos cambiarán a nosotros los que no quieren que cambie nada. Un corazón que no está dispuesto a cambiar no es un corazón que ama y un corazón que no ama realmente no tiene nada que celebrar.

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