Reflexión | Parte aguas

Como historiador, me ha tocado en incontables ocasiones leer pasajes de la historia patria y de la historia universal en los que se cuentan los momentos que determinaron los cambios de los pueblos que fueron un “parte aguas”.

Estamos viviendo, a mi parecer, un momento de esos en nuestro terruño. Esto tiene años de estarse gestando y a lo largo de este tiempo hemos perdido gente muy valiosa que ha ofrendado su vida en procura de superar la situación que estamos viviendo, o mejor aún, que han provocado estos pésimos políticos y aún peores ciudadanos.

Mucho se ha bromeado en las redes sociales con la posibilidad de que todos los relatos que hemos escuchado en estos días terminen generando una serie de televisión, es que siendo honestos, todo eso solo podríamos imaginarlo como algo de ficción, pero que en la práctica la ha superado en crudeza y descaro.

No sé si sea cierto y no me consta evidentemente todo lo que se está ventilando una vez más en los juicios que se desarrollan en el Distrito Sur de Nueva York, pero lo cierto es que si una décima parte de eso es cierto, estamos ante una crisis sin precedentes a escasas horas de conocer los resultados de unas supuestas elecciones internas que tienen todos los vicios posibles y que, si llegan a desarrollarse, serán un verdadero milagro. Nos estamos acercando de forma acelerada, específicamente en seis meses, a la celebración del bicentenario de nuestra independencia patria y parece ser que tendremos que luchar nuevamente por nuestra independencia.

En esta ocasión no será en contra de una monarquía absolutista, pero sí frente aquellos que nos han gobernado, que se creen absolutos y que por lo tanto se han creído en el derecho de privarnos de nuestra libertad, del buen nombre del país y de su dignidad. Con un cinismo digno de sociopatas han violado todas las leyes posibles y han pensado de que sus mentiras iban a alcanzarles para seguir sosteniendo una parodia, más aún, una tragicomedia que ha dejado el nombre de Honduras en lo más bajo.

Ningún buen hijo, ningún buen ciudadano querría dejar tan por los suelos el nombre de la patria que le vio nacer. Doscientos años después tendremos que luchar por nuestra soberanía. De nada ha servido escuchar tantas veces el discurso aquel de que el soberano es el pueblo, cuando el pueblo es al último al que se le considera a la hora de las negociaciones que estos señores han hecho, sin ninguna pizca de ética, y sin ningún otro interés más que el de su propio beneficio. Doscientos años después, tendremos que rehacer nuestra patria y quiera Dios que no tengamos miedo de comprender que si la Providencia nos ha puesto en esta coyuntura es porque debemos estar a la altura de las exigencias que nuestra gente, sobre todo los más humildes, requieren y merecen.

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