Los Migrantes en el corazón de la Iglesia

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Cada año, centenares de personas abandonan sus casas en Honduras para intentar asegurar su subsistencia, que se ha vuelto prácticamente inalcanzable en su propio país. El deterioro económico, la falta de acceso a la escuela, el desempleo, la violencia y otros factores estructurales y personales han motivado a las personas a dejar la aparente seguridad de su entorno para enfrentarse a un camino incierto, en busca de una nueva vida en los Estados Unidos, España, Italia u otros países de la región. Arriesgándose a perder la vida, a ser robados, a ser prostituidos, a ser secuestrados, una situación nada nueva ni exclusiva de nuestra región.

Es así que la Iglesia Católica, como madre, desde hace 108 celebra a nivel global la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, la que se realiza cada último domingo de septiembre, mediante la cual busca sensibilizar y concientizar sobre este flagelo social que se presenta en el mundo y expresar la profunda preocupación que genera los obstáculos a los que se enfrenta esta población vulnerable en el proceso de tránsito y una vez que se instalan en el lugar que han elegido como su nuevo hogar.

El tema elegido este año por el Santo Padre es “Construir el futuro con los migrantes y los refugiados” como una invitación a acoger a las personas migrantes como hermanos, no como enemigos y en su mensaje para esta ocasión el Papa Francisco ha destacado que “su trabajo, su capacidad de sacrificio, su juventud y su entusiasmo enriquecen a las comunidades que los acogen” refiriéndose a los migrantes o refugiados que se integran como parte de una comunidad cuando llegan a su nuevo hogar. Construir el futuro con los inmigrantes y los refugiados significa también reconocer y valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de construcción de una comunidad multicultural, así es, como el Papa Francisco recuerda la profecía de Isaías, en la que “los extranjeros no figuran como invasores y destructores, sino como trabajadores bien dispuestos que reconstruyen las murallas de la nueva Jerusalén”. La llegada de extranjeros se presenta, así como una “fuente de enriquecimiento”, no son invasores, ni destructores, ni usurpadores, sino trabajadores bien dispuestos, instrumentos para “conocer mejor el mundo y la belleza de su diversidad”, portadores de “dinámicas revitalizantes y animadores de celebraciones vibrantes” en el caso de los católicos.

Para que reine esta “maravillosa armonía”, escribe el Papa, es necesario “acoger la salvación de Cristo, su Evangelio de amor, para que se eliminen las desigualdades y discriminaciones del mundo presente”. “Nadie debe ser excluido”, insiste el Papa Francisco de manera clara en el Mensaje; el proyecto de Dios es “esencialmente inclusivo” y “sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales”.

El Mensaje concluye con una oración especialmente compuesta en la que el Papa pide a Dios que “donde haya exclusión, florezca la fraternidad” y que todos seamos “constructores de su Reino”

En el plano nacional, la celebración de la semana del migrante entre el 3 y 9 de septiembre, es un tiempo destinado a orientar la reflexión sobre la problemática y a intentar identificar acciones que beneficien a la población migrante nacional.

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