PALABRA DE VIDA | “¿Cómo has entrado aquí sin el traje de boda?”

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Encaminándonos al final del año litúrgico el carácter sapiencial y escatológico de los textos bíblico de la Eucaristía se hacen cada vez más evidentes. Este domingo  Mateo nos cuenta esta maravillosa parábola de Jesús, teniendo como fondo un banquete de bodas solemne y definitivo. En realidad son dos parábolas unidas entre sí: la primera es la de los invitados al banquete y la segunda que es propia sólo de Mateo, que refiere al traje de fiesta, símbolo de la dignidad de una persona. En la primera parábola se presenta el marcado rechazo a la invitación. Los invitados de primer orden son estos que según el parecer del oferente no pueden faltar, pero éstos responden con indiferencia, con desprecio, se sienten molestos por el simple hecho de estar invitados, al punto que actúan con hostilidad y prepotencia. Claramente evidencia, como el mensaje que Jesús trae, es una invitación que ofrece el entrar a esa experiencia con Dios que bajo el símbolo de una cena-comida expresa amistad, diálogo e intimidad. Pero para el hombre superficial y egoísta le parece algo excesivo, para lo que no tiene tiempo ni interés. Pero, ¿Se suspenderá la cena por esas actitudes? ¡Claro que NO! La invitación no se apaga y se dirige a unos invitados inesperados que si aceptan entrar.

Luego viene el símbolo del vestido. Nadie iría al igual que hoy, a una fiesta con el vestido inapropiado. El vestido significa dignidad, buen gusto, limpieza, honrar al que invitó, darle importancia al evento, etc. Jesús evoca ese significado para subrayar que sin cambio de hábito, es decir, sin la conversión del corazón, de las costumbres pasadas, no se puede participar en el banquete que permitiría sentarse familiarmente en la presencia de Dios, para entablar comunión plena con Él. La parábola denuncia que aunque al principio todos estaban inapropiadamente vestidos, y que sólo al aceptar la invitación transformaron su andrajos en vestidos dignos de la fiesta, había uno que hizo caso omiso a lo que decía la invitación, como requisito para participar, el “vestido nuevo”, por lo que fue echado y expulsado del convite del rey. Cristo, Rey y Señor del universo cuya fiesta pronto vamos a celebrar, exige un vestido totalmente nuevo, no acepta poner un paño nuevo sobre el vestido viejo. El Reino de Jesús se revela pues, como algo plenamente inédito, algo que parte del mismo corazón del hombre.

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