La infidelidad es una herida profunda que no solo destruye matrimonios, sino que hiere a toda la familia. Desde la mirada de la fe, se trata también de un pecado que debe ser denunciado y erradicado. San Juan Bautista lo hizo con valentía al señalar la unión ilícita de Herodes y Herodías, lo que finalmente lo llevó al martirio. Su testimonio interpela hoy a cada católico: ¿cómo actuar frente a este mal que continúa dañando tantos hogares?
Testimonio
Mario Valeriano, servidor de los retiros ACTS y miembro de la parroquia El Salvador del Mundo, compartió que superar la infidelidad no es sencillo, pero es posible con la gracia de Dios. “Son heridas que solo a través de nuestro Señor se pueden sanar. Perseverar, orar y dejar que el Espíritu Santo obre en nosotros es el camino”, asegura.
Valeriano recuerda que recuperar la confianza tras una traición es un proceso que exige tiempo, coherencia y verdadera conversión. “No es de la noche a la mañana. Hay que demostrar que Dios ha cambiado nuestra vida, que el amor de Cristo habita en nosotros. El tiempo se encarga de mostrarlo”, explica.
Lucha
También advierte de las tentaciones que se presentan en la vida diaria: “El enemigo siempre busca dónde hacernos caer. Una mirada, un mensaje, una insinuación… ahí comienza todo. Debemos orar y poner límites claros para no abrirle la puerta al pecado”. En una sociedad marcada por el libertinaje, el llamado es a vivir con madurez y fidelidad. “Ya sabemos lo que está bien y lo que está mal. No caigamos en la trampa de destruir nuestra familia por un momento de debilidad”, concluye Valeriano. El ejemplo de San Juan Bautista y el testimonio de quienes han vivido esta herida nos recuerdan que la fidelidad no es solo un compromiso humano, sino un camino de santidad.
“Perseverar y orar son claves, porque solo Dios puede sanar las heridas que deja la infidelidad en la familia”
Mario Valeriano
Servidor de retiros ACTS
OPINIÓN | Columna
El papel del católico ante la infidelidad
Isael Sarmiento
Diácono
Primero es necesario tener conocimiento de lo que dice la Iglesia Católica sobre la familia, entendida como naturaleza y misión en la vida de la Iglesia. El papel del católico es ayudar y acompañar a las familias, pero para ello debe estar bien formado, conocer los documentos que la Iglesia ha emitido a lo largo de los tiempos, incluyendo enseñanzas de los Papas y de los obispos. Uno de los documentos más importantes es Familiaris Consortio de san Juan Pablo II, que enfatiza el papel de la familia en la sociedad y en la Iglesia, requisito fundamental para comprender los desafíos actuales. También es relevante considerar lo que han escrito otros Papas, como Pablo VI en Humanae Vitae, sobre la responsabilidad de los padres en la procreación. Otro documento clave es el Documento de Aparecida, que dedica un capítulo a la pastoral familiar y describe a la familia como Iglesia doméstica, un lugar de formación, fe y amor. Acompañar a las familias implica tratarlas con caridad, como Dios nos trata a nosotros, y ayudarlas a reencontrarse con el amor mutuo. Es importante denunciar esta realidad social, porque la infidelidad está muy presente. La familia debe ser un lugar de acogida y sanación. Como católicos, debemos dar importancia a la familia, acompañar a quienes atraviesan la infidelidad y ayudarles a encontrar en Dios el fundamento de vida y unidad en Cristo y la Santísima Trinidad. Tener conciencia de lo que significa la familia hoy es esencial para nuestro rol como creyentes.
4 claves
Guía. Conocer la enseñanza de la Iglesia sobre la familia permite al católico acompañar a quienes sufren la infidelidad, ofreciendo guía espiritual y fortaleciendo la fe y el amor en el hogar.
Sanación. La familia debe ser un lugar de acogida y sanación, donde el amor de Dios restaure la confianza y permita reconstruir relaciones dañadas por la infidelidad.
Aprender. La formación del católico incluye estudiar documentos clave como Familiaris Consortio y el Documento de Aparecida, que enseñan el valor y la misión de la familia.
Profeta. Denunciar y enfrentar la infidelidad no es solo moral, sino pastoral; implica acompañar con caridad, oración y ejemplo a quienes buscan reconciliación y fidelidad.