10 niños que han alcanzado la santidad

Cada 10 de septiembre se recuerda en Honduras el día del niño. Jesús en el Evangelio señaló que hay que dejar que los niños vayan a Él porque de quien se hace como niño, es el Reino de los Cielos. Te presentamos 10 niños que han alcanzado la santidad y que son modelos para los infantes:

Santa María Goretti

Nació el 16 de octubre de 1890 en el pueblo de Corinaldo (Italia). Su padre, campesino, enfermó de malaria y murió.

Una tarde, (5 de julio de 1902, Nettuno) María estaba sentada en lo alto de la escalera de la casa, remendando una camisa. Aunque aún no cumplía los doce años, era ya una mujercita.

Alejandro, un joven de 18 años, subió las escaleras con intención de violar a la niña. María opuso resistencia y trató de pedir auxilio; pero como Alejandro la tenía agarrada por el cuello, apenas pudo protestar y decir que prefería morir antes que ofender a Dios. Al oír esto, el joven desgarró el vestido de la muchacha y la apuñaló brutalmente. Ella cayó al suelo pidiendo ayuda y él huyó.

María fue transportada a un hospital de la cercana localidad de Nettuno, en donde perdonó a su asesino de todo corazón, invocó a la Virgen y murió veinticuatro horas después. (6 de julio de 1902, aún no había cumplidos los 12 años).

Alejandro se convertiría tiempo después, comenzando a vivir una vida cristiana.

María Goretti fue beatificada en 1947 y canonizada tres años después por el papa Pío XII. Su festividad se conmemora el 6 de julio.

San José Sánchez del Río

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, en el Estado de Michoacán. Cuando en 1926 estalló la así llamada «guerra cristera», sus hermanos se unieron a la fuerzas rebeldes al régimen, violento y anticristiano, que se había instaurado en el país. También José fue reclutado.

En Sahuayo el catolicismo era muy activo y por esta razón el moviemiento de los «Cristeros» estaba muy arraigado. Los sacerdotes que vivían como clandestinos se quedaron en Sahuayo durante toda la persecución, sin abandonar jamás a su grey, celebrando la Eucaristía en secreto y administrando los sacramentos, de los que el joven José participaba asiduamente. En esos años, se hablaba con frecuencia de los primeros mártires cristianos y muchos jóvenes deseosos de seguir sus huellas.

El 25 de enero de 1928, en el curso de una violenta batalla, José fue capturado y llevado a su ciudad natal, donde fue encarcelado en la iglesia parroquial, que había sido profanada y devastada por los federales. Le hicieron la propuesta de huir para evitar la condena a muerte, pero el rechazó.

Durante su detención, y con el fin de hacerlo renegar de su fe para que pudiera salvarse, fue torturado y obligado a asistir al ahorcamiento de otro muchacho que estaba prisionero con él. Le desollaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar hasta el cementerio, allí, puesto ante la fosa donde sería enterrado, lo apuñalaron sin darle muerte, pidiéndole de nuevo que renegara de su fe. Pero José, cada vez que lo herían, gritaba: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Por último, fue ejecutado con un disparo de arma de fuego. Era el 10 de febrero de 1928. Tenía casi 15 años de edad. Tres días antes había escrito a su madre: «Resígnate a la voluntad de Dios. Yo muero contento porque muero al lado de Nuestro Señor».

El 20 de noviembre de 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI y, el 16 de octubre de 2016, canonizado por el Papa Francisco.

Santo Domingo Savio

Domingo Savio tuvo una vida muy sencilla, pero en poco tiempo recorrió un largo camino de santidad, obra maestra del Espíritu Santo y fruto de la pedagogía de san Juan Bosco.

Había nacido en San Giovanni di Riva (cerca de Chieri, provincia de Turín) en una familia pobre de bienes materiales, pero rica de fe.Su niñez quedó marcada por la primera comunión, hecha con fervor a los siete años, y se distingue por el cumplimiento del deber.A sus doce años tuvo lugar un acontecimiento decisivo: el encuentro con San Juan Bosco, que lo acoge, como padre y guía, en Valdocco (Turín) para cursar los estudios secundarios.Al descubrir entonces los altos horizontes de su vida como hijo de Dios, apoyándose en su amistad con Jesús y María se lanza a la aventura de la santidad, entendida como entrega total a Dios por amor. Reza, pone empeño en los estudios, es el compañero más amable.

Sensibilizado en el ideal del Da mihi ánimas de san Juan Bosco, quiere salvar el alma de todos y funda la compañía de la Inmaculada, de la que saldrán los mejores, de la que saldrán los mejores colaboradores del fundador de los salesianos.

Habiendo enfermado de gravedad a los 15 años, regresa al hogar paterno de Mondonio (provincia de Asti), donde muere serenamente el 9 de marzo de 1857 con la alegría de ir al encuentro del Señor. Pío XII lo proclamó santo el 12 de junio de 1954.

San Tarsicio

San Tarsicio es el Patrón de los Monaguillos y de los Niños de Adoración Nocturna. Por algo se le conoce como el Mártir de la Eucaristía.

Valeriano era un emperador duro y sanguinario. Se había convencido de que los cristianos eran los enemigos del Imperio y había que acabar con ellos. Los cristianos, para poder celebrar sus cultos, se veían obligados a esconderse en las catacumbas o cementerios romanos. Era frecuente la trágica escena de que mientras estaban celebrando los cultos llegaban los soldados, los cogían de improviso, y, allí mismo, sin más juicios, los decapitaban o les infligían otros martirios. Todos confesaban la fe en nuestro Señor Jesucristo. El pequeño Tarsicio había presenciado la ejecución del mismo Papa mientras celebraba la Eucaristía en una de estas catacumbas. La imagen macabra quedó grabada fuertemente en su alma de niño y se decidió a seguir la suerte de los mayores cuando le tocase la hora, que ojalá, decía él, fuera «ahora mismo».

Un día estaban celebrando la Eucaristía en las Catacumbas de San Calixto. El Papa Sixto se acuerda de los otros encarcelados que no tienen sacerdote y que por lo mismo no pueden fortalecer su espíritu para la lucha que se avecina, si no reciben el Cuerpo del Señor. Pero ¿Quién será esa alma generosa que se ofrezca para llevarles el Cuerpo del Señor? Son montones las manos que se alargan de ancianos venerables, jóvenes fornidos y también manecitas de niños angelicales. Todos están dispuestos a morir por Jesucristo y por sus hermanos.

Uno de estos tiernos niños es Tarsicio. Ante tanta inocencia y ternura exclama lleno de emoción el anciano Sixto: » ¿Tú también, hijo mío?» Y le dice: ¿Y por qué no, Padre? Nadie sospechará de mis pocos años. Ante tan intrépida fe, el anciano no duda. Toma con mano temblorosa las Sagradas formas y en un relicario, las coloca con gran devoción a la vez que las entrega al pequeño Tarsicio de apenas once años, con esta recomendación: «Cuídalas bien, hijo mío». -«Descuide, Padre, que antes pasarán por mi cadáver que nadie ose tocarlas». Sale fervoroso y presto de las catacumbas y poco después se encuentra con unos niños de su edad que estaban jugando. -«Hola, Tarsicio, juega con nosotros. Necesitamos un compañero». «No, no puedo. Otra vez será», dijo mientras apretaba sus manos con fervor sobre su pecho. Y uno de aquellos mozalbetes exclama. «A ver, a ver. ¿Qué llevas ahí escondido?» Debe ser eso que los cristianos llaman «Los Misterios» e intentan verlo. Lo derriban a tierra, poniendo en su pecho los mozalbetes sus piernas con el fin de hacer fuerza de palanca para abrirle sus brazitos y arrebatarle las Sagradas Formas, le tiran pedradas, y Tarsicio no solo opuso resistencia sino que Dios hizo el milagro de que quedasen sus brazos herméticamente cerrados de forma que no pudieron abrirselos jamás (ni siquiera después de muerto) siguen dándole pedradas, y va derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se salen con la suya. Por nada del mundo permite que le roben aquellos Misterios a los que él ama más que a sí mismo…

Momentos después pasa por allí Cuadrado, un fornido soldado que está en el período de catecumenado y que por eso conoce a Tarsicio. Los niños huyen corriendo mientras Tarsicio, llevado a hombros en agonía por Cuadrado, llega hasta las Catacumbas de San Calixto en la Vía Appia. Al llegar , ya era cadáver.

Desde entonces, el frío mármol guarda aquellas sagradas reliquias sobre las que escribió San Dámaso, «queriendo a San Tarsicio almas brutales de Cristo el sacramento arrebatar, su tierna vida prefirió entregar, antes que los Misterios celestiales»

Santos Francisco y Jacinta Marto

Francisco Marto nació en el 11 de junio de 1908 y su hermana Jacinta, el 11 de marzo de 1910, en Ajustrel, cerca de Fátima (Portugal). Con su prima Lucía dos Santos se dedicaban a cuidar las ovejas de la familia, por los alrededores del pueblo. A los tres se les apareció la Virgen, en varias ocasiones, en Cova de Iria, Fátima, entre mayo y octubre de 1917. Desde muy temprana edad, los dos hermanos aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y preferían la compañía de su prima Lucía, quien les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban el día juntos, con las ovejas, rezando y jugando. Durante las apariciones, soportaron con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las calumnias, las malas interpretaciones, las injurias, las persecuciones y hasta algunos días de prisión. Francisco era de carácter dócil y condescendiente. Le gustaba pasar el tiempo ayudando al necesitado. Todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente. Jacinta era de clara inteligencia; ligera y alegre. Siempre estaba corriendo, saltando o bailando. Las apariciones les impulsaron a llevar una vida de entrega a Dios y a rezar por la salvación de los pecadores para consolar al Señor y a María. Jacinto murió, tras varios meses de enfermedad, el 4 de abril de 1918, y Jacinta, después de ser operada sin anestesia y sufrir físicamente mucho tiempo, el 20 de febrero de 1920. El 13 de mayo de 2017 fueron declarados santos por el papa Francisco, en Fátima. El Santo Padre dijo de ellos que son “ejemplos de superación de las contrariedades y sufrimientos gracias a la presencia divina en sus vidas”.

Santa Inés

El 21 de enero se celebra la Fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias, las prometidas en matrimonio, de la pureza y de los jardineros. En relación a la Santa surgió la costumbre de los corderos blancos, cuya lana se utiliza para hacer los palios de los Arzobispos. Su nombre latino es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero. Según la leyenda más conocida, Santa Inés era una joven hermosa, rica y pretendida por muchos nobles romanos. No aceptó a ninguno, aduciendo que ya estaba comprometida con Cristo, y la acusaron de ser cristiana.

Fue llevada a un prostíbulo, pero unos ángeles y señales celestes la protegieron. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada en el año 304. Constantina, la hija de Constantino, le edificó una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

En el tratado de San Ambrosio sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que Santa Inés murió a los doce años. Antes de su martirio se mantuvo “inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas”. “No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”, dijo San Ambrosio.

Se dice que el verdugo hizo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos desearon casarse con ella, pero Santa Inés respondió: “sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”. La Santa oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluyó San Ambrosio. A Santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros, en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos y rodeada de una pira, espada, palma y lirios.

Santa Eulalia

Santa Eulalia es una de las santas más famosas de España. Los datos acerca de su vida y de su muerte los encontramos en un himno que en honor de ella se escribe el poeta Prudencio en el siglo cuarto. Y allí se cuenta lo siguiente:

Cuando Eulalia cumplió los doce años apareció el decreto del emperador Diocleciano prohibiendo a los cristianos dar culto a Jesucristo, y mandándoles que debían adorar a los falsos ídolos de los paganos. La niña sintió un gran disgusto por estas leyes tan injustas y se propuso protestar entre los delegados del gobierno.

Viendo la mamá que la jovencita podía correr algún peligro de muerte si se atrevía a protestar contra la persecución de los gobernantes, se la llevó a vivir al campo, pero ella se vino de allá y llegó a la ciudad de Mérida.

Eulalia se presentó ante el gobernador Daciano y le protestó valientemente diciéndole que esas leyes que mandaban adorar ídolos y prohibían al verdadero Dios eran totalmente injustas y no podían ser obedecidas por los cristianos.

Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayudas a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía fuertemente convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer horriblemente si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo. Y le dijo: «De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos». La jovencita lanzó lejos el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo valientemente: «Al sólo Dios del cielo adoro; a El únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más».

Entonces el juez pagano mandó que la destrozaran golpeándola con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. La hermosa cabellera de Eulalia se incendió y la jovencita murió quemada y ahogada por el humo.

Dice el poeta Prudencio que al morir la santa, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Allí en el sitio de su sepultura se levantó un templo de honor de Santa Eulalia, y dice el poeta que él mismo vio que a ese templo llegaban muchos peregrinos a orar ante los restos de tan valiente joven y a conseguir por medio de ella muy notables favores de Dios.

Santos Cristóbal, Antonio y Juan, los Niños Mártires de Tlaxcala

Los santos Cristóbal, Antonio y Juan, fueron asesinados por odio a la fe en México entre 1527 y 1529. Son considerados los primeros mártires de América.

Cristóbal fue hijo del cacique Acxotecatl y conoció la fe católica gracias a la labor evangelizadora que los frailes franciscanos realizaban en la región entre los años 1524 y 1527. Tras recibir el bautismo, trabajó por la conversión de su familia, pero su padre se enfureció. Murió a los 12 años producto de los golpes y quemaduras provocadas por su progenitor.

Antonio y Juan recibieron formación de los franciscanos y dominicos. Ambos trataron de erradicar la adoración de ídolos en su pueblo Tizatlán y en las aldeas cercanas. Fueron descubiertos por los pobladores de Cuautinchán, que los asesinaron a golpes.

Beata Laura Vicuña

Beata chilena venerada especialmente en su país natal y en Argentina. Durante su más tierna infancia su familia sufrió los rigores de la guerra civil de 1891, que enfrentó a partidarios y detractores del presidente José Manuel Balmaceda (1886-1891).

La pequeña Laura había sido bautizada en la Parroquia de Santa Ana de Santiago (la misma en que sería bautizada Santa Teresa de los Andes), y después del fallecimiento de su padre en 1894, su madre, Mercedes Pino, emigró a Argentina, donde se empleó en una hacienda en Quilquihue.

En Argentina, Mercedes Pino llevó a sus hijas a un colegio de las religiosas María Auxiliadora, en Junín, perteneciente a la congregación que había fundado Don Bosco. La relación de concubinato de su madre con el dueño de la hacienda, Manuel Mora, hizo sufrir enormemente a Laura. Profundamente religiosa, a los 10 años ofreció su vida a Dios «para reparar las ofensas que recibes de los hombres, en especial de las personas de mi familia», promesa ésta que reiteró ante su confesor al confirmarse.

Laura Vicuña contrajo una grave enfermedad que soportó de forma estoica, hasta fallecer a los 13 años. En 1988 fue proclamada beata por el Papa Juan Pablo II, quien señaló en su homilía: «La beata Laura Vicuña, gloria purísima de Argentina y Chile, despierta un renovado compromiso espiritual en estas dos nobles naciones». La festividad de la beata Laura Vicuña se celebra el 22 de enero.

Beata Imelda Lambertini

Atraída muy pronto por la vida religiosa, Imelda pidió entrar a las dominicas cuando tenía 9 años. Sus padres estaban sorprendidos, pero viendo la devoción y el amor a Dios que tenía, le permitieron vivir en el cercano monasterio. Allí se le permitió llevar el hábito dominico y seguir el estilo de vida de las hermanas.

Su mayor anhelo era recibir a Jesús en la Eucaristía, pero en aquel momento la edad para recibir la Comunión era 14. Sin embargo, ella persistió y dijo: «¿Puede alguien recibir a Jesús en su corazón y no morir?».

Otra vez se le denegó, pero después de la fiesta de la Ascensión, Imelda fue vista arrodillada en la iglesia frente a una hostia suspendida en el aire. El sacerdote, mirando el milagro, lo vio como un signo y le dio a Imelda su Primera Comunión.

Con una sonrisa en su rostro, Imelda murió momentos después. Sólo tenía 11 años. El día de su fiesta es el 13 de mayo y es la patrona de los que reciben la Primera Comunión.

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