Homilía del Señor Arzobispo para el XIV domingo del Tiempo Ordinario

“De dos en dos los mandó a todos los pueblos” (Lc 10, 17)

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La misión que Jesús nos encomienda tiene un carácter comunitario, ha de realizarse de dos en dos, con el fin de mostrar con los hechos y la vida lo que se anuncia de palabra. No les envía en solitario, como jerarcas, sino en compañía, como amigos. La misión del evangelio solo empieza donde existen al menos dos testigos, como signo de amor mutuo, como expresión de comunidad. “La mies es abundante y los obreros pocos”. Es decir, Jesús se queja de no encontrar suficientes obreros para la cosecha.

Nosotros ante una sociedad que se descristianiza, necesitamos recordar que; “La Iglesia no está ahí para sí misma sino para la humanidad” (Benedicto XVI) “Pónganse en camino (en imperativo; en griego hypagete), miren que los mando como corderos en medio de lobos”. En una sociedad que se nos presenta con frecuencia agresiva, competitiva, defendiéndose y atacando como “lobos”, estamos llamados a vivir de tal manera que, toda persona pueda descubrir que la vida, a pesar de todo, es buena…

Sí, “los mando como corderos en medio de lobos”. Hoy necesitamos, más que nunca, ser más corderos que lobos, hay ya mucha agresividad y mucho resentimiento en nuestra sociedad. Ciertamente, tenemos que preguntarnos: ¿podemos vivir de otra manera que no sea la de la defensa, la rivalidad y el ataque del lobo? “No lleven bolsón, ni alforja, ni sandalias”. Esta primera indicación de Jesús nos desconcierta.

No quiere crear una empresa económica. Quiere que vayan ellos, no que vayan con cosas. Quiere que vayan sin la seguridad de una infraestructura económica, como testigos de gratuidad. Es como si nos dijera: “no confíen tanto en los recursos materiales, ni los apoyen en los poderes de este mundo”, solo así manifestaremos que nuestra confianza está en el Señor que camina a nuestro lado, solo así podremos ser testigos de la paz. “Cuando entren en una casa, digan primero paz a esta casa”.

La paz es la Buena Noticia que tenemos que anunciar. Paz a esta casa. Jesús pide a sus discípulos que pasen por los pueblos y lugares contagiando paz. Tarea nada fácil, pues solo quien la posee en su corazón puede comunicarla de verdad. Nuestra misión consiste en hacer presente esta paz: compartiendo, curando a los enfermos, despertando vida y anunciando la paz a todos. La paz es el signo de la Presencia de Dios en nuestro tiempo.

Tenemos que preguntarnos hoy: ¿Qué es lo que puede llevar hoy a los hombres y mujeres de nuestra sociedad a descubrir de nuevo la fuerza liberadora del Evangelio? La verdad es que, no acertamos a llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy con el mensaje del Evangelio. Ciertamente necesitamos aprender a escuchar a las personas y a curar tantas heridas de los que sufren soledad, pobreza y exclusión. Necesitamos ser testigos del Evangelio que anunciamos. “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Los 72 discípulos se dirigen a Jesús al final de su misión con estas palabras: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Ellos están experimentando los frutos liberadores de la misión.

Por eso, dice: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo” ¿qué significan estas palabras? Significan que la escala de valores del mundo y del sistema de dominación y de poder se desmorona ante la acción liberadora de Jesús. Lo que “cae del cielo como un rayo” son esos falsos valores en que está montada nuestra sociedad. Jesús ha invitado a sus discípulos a una confianza profunda y les dice: “Miren: Les he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones… y no les harán daño alguno”.

Él nos da a nosotros la fuerza de superar todo aquello que envenena y amenaza nuestras vidas. A pesar del poder destructor de las dificultades que podamos encontrar (serpientes y escorpiones) “y no les harán daño alguno”. Aquí se fundamenta nuestra confianza, en esta fuerza que nos viene de Él. Quiere decir que por muy grandes que sean las dificultades que atravesamos en la vida, tenemos en nosotros la fuerza suficiente para superar todo. Pero Jesús añade: “Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo”.

Jesús aporta un matiz a la alegría de sus discípulos. ¿Qué quieren decir estas palabras? Estas palabras quieren decir que toda verdadera alegría está en el Señor y que fuera de Él, no puede haber ninguna alegría duradera, pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas exteriores que pueden sernos arrebatadas. Que nuestra alegría se base en la experiencia de sentirnos amados por Dios y esto basta para vivir con esperanza y con un auténtico sentido. Que este domingo, vueltos de corazón al Señor, podemos decirle: Señor Jesús, que experimentemos la alegría de sentirnos amados (de que nuestros nombres están inscritos en el cielo). y que la alegría del Evangelio llene el corazón y la vida de los que nos encontremos contigo.

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