Homilía del señor Arzobispo para el I domingo de Adviento

“Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre” (Mt 24, 37-44)

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Ciertamente, la inconsciencia que vivían los contemporáneos de Noé “que comían, bebían, se casaban, se divertían”, se parece a la nuestra. Vivimos en la inconsciencia, “sometidos a la ilusión de la vida” como diría el filósofo alemán Heidegger. Y cuando menos esperaban “llegó el diluvio y se los llevó a todos…”

¿No nos recuerda esto la profunda crisis económica y de valores que estamos atravesando en estos tiempos? Han pasado muchos siglos desde entonces, pero, ¿No seguimos viviendo una frivolidad en nuestra manera de enfrentar la vida? Y cada uno/a podríamos preguntarnos: ¿Vivo despierto o amodorrado en la rutina de cada día? ¿Soy lúcido de lo que vivo o lo vivo todo a “granel”, de manera inconsciente? “Comprendan que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no le dejaría abrir un boquete…”

Es el ejemplo del ladrón que no avisa y que cuando nos damos cuenta ha abierto un boquete y se ha metido en la casa. Que hoy nos preguntemos: ¿Cuál es ese boquete por el cual el ladrón puede entrar en mi casa y arruinarme la vida? Puede ser mi punto más frágil. Por ejemplo: mi necesidad de ser importante, de ser reconocido, o mis fenómenos sensibles… En labios de Jesús estos ejemplos no son una acusación sino una advertencia para no vivir distraídos, despistados, ausentes. A veces, estamos distraídos de lo esencial de nuestra vida y no sospechamos que la vida pueda vivirse de otra manera.

Estos dos ejemplos insisten en el descuido de los contemporáneos de Noé y en el descuido del amo de la casa y en la llegada imprevista del diluvio y del ladrón y en la ruina que provocan estos acontecimientos. Jesús viene a decirnos: lo mismo sucederá a la comunidad cristiana y a todos nosotros si nos descuidamos y no vivimos en una actitud de espera activa y comprometida. A veces, vivimos como los contemporáneos de Noé que comían, bebían, se casaban… pero somos ajenos a la venida y a la presencia de Dios en nuestra historia personal. Vivimos con frecuencia a merced de lo que nos apetece, y se nos escapa lo esencial de nuestra vida.

De esta cultura de la superficialidad solo es posible liberarnos, reaccionando con coraje y aprendiendo a vivir de una manera más lúcida, como dice San Pablo hoy: “Es hora de despertar del sueño”. Necesitamos atrevernos a vivir y a tener “el coraje de existir” en fidelidad a nuestra conciencia y en coherencia con los esencial. “Estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensan viene el “Hijo del Hombre” ¿Quién es este “Hijo del Hombre” que viene a nuestro encuentro? El “Hijo del Hombre” es el anhelo y el sueño más profundo del mundo. El “Hijo del Hombre” es la Humanidad Nueva que se ha realizado ya en Jesús. El “Hijo del Hombre” es Jesús mismo, que llena de sentido nuestra vida.

El “Hijo del Hombre” es aquel que todos buscamos y el único que puede apagar la sed de vida que llevamos en nuestro corazón. Es una gran noticia: viene el “Hijo del Hombre”, es la gran esperanza que anuncia el tiempo de Adviento. ¿Acogeremos en este Adviento al Señor que viene a nosotros o será un Adviento más? Que no vivamos este Adviento drogados por la actividad ni por las “compensaciones” que no nos aportan una felicidad profunda y un sentido a nuestra vida y que, al final, nos dejan terriblemente vacíos. Al comenzar hoy el Adviento se nos invita a renovar nuestra esperanza. Necesitamos renovar nuestra esperanza.

Vivimos en un mundo en que hay un oscurecimiento de la esperanza. Hay muchos hombres y mujeres que parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Nuestra sociedad marcada por el nihilismo, la nada, el sinsentido o como algunos han dicho: “la cultura del gran vacío”, que se manifiesta en el individualismo, la vida intrascendente, la apatía, la frivolidad y la imposibilidad de las utopías. El tiempo de Adviento irrumpe como una luz en la noche dentro de nuestro mundo, es como la luz del sol al amanecer: es de noche, pero se vislumbra un resplandor, llega la luz.

Que, en este tiempo de Adviento, que comenzamos ayer tarde, este domingo, podamos abrir nuestros ojos a esta luz, que es Cristo, que viene siempre y renueva nuestra vida. Que podamos decirle: “¡Ven, Señor Jesús! Necesitamos que llenes nuestro corazón de esperanza y de fortaleza. Necesitamos tu amor y tu alegría. ¡Ven, Señor Jesús!”

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