Homilía del Señor Arzobispo para el domingo XXVIII del tiempo Ordinario

“Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17, 11-19)

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Este es el grito de los leprosos al ver a Jesús: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Puede ser también nuestro grito hoy. Los leprosos representan, en el Evangelio, a los más marginados y excluidos de la sociedad religiosa de Israel, pero también de nuestra sociedad actual. Los leprosos representan a la humanidad enferma y necesitada de curación.

Nosotros también estamos necesitados de curación y de salvación. Nuestro mundo vive una situación dramática con la guerra de Ucrania. Nosotros, hoy, como los leprosos, tendríamos que gritar: Jesús, ten compasión de nosotros y de nuestro mundo. En la mentalidad judía los leprosos eran “impuros” por su enfermedad; es decir, estaban excluidos del acceso a Dios. La lepra era el máximo exponente de la marginación social y religiosa. La lepra, como enfermedad contagiosa, era un peligro para la sociedad entera. Por eso, “se pararon a lo lejos”. El leproso estaba obligado por la ley a avisar a gritos de su estado de impureza diciendo: “Soy un leproso”, para que nadie se acercase a ellos y tenían que vivir en descampado. Estos leprosos son conscientes de su situación desesperada y descubren en Jesús la posibilidad de superarla. Por eso, al verlo gritan: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Hoy día, también están los “nuevos leprosos”, los marginados de nuestra sociedad: inmigrantes, prostitutas, toxicómanos, los refugiados, los que viven hacinados en las cárceles, los ancianos que viven solos. Sin embargo, Jesús viene para que todos los seres humanos encuentren vida. Por eso, los leprosos gritan de lejos: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Es su marginación lo que les hace gritar. En su grito podemos ver hoy la expresión de la angustia de tantos seres humanos como desean salir de una situación miserable. Con este grito manifiestan una absoluta confianza en el poder de Jesús. Desean que Jesús elimine el obstáculo que los priva del amor de Dios y les impide participar en el Reino de la Vida que Él se anuncia.

¿Nosotros vivimos esta confianza en el Señor que nos hace gritar también en medio de nuestros sufrimientos? Ciertamente nosotros podemos expresar ante Jesús, el Resucitado, nuestras angustias y nuestros deseos de salir de aquello que “ahoga” hoy nuestra vida. En definitiva, lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino una relación viva con Aquel que está siempre activo en lo secreto de todo ser humano y en lo secreto de nuestro corazón. “Jesús, al verlos, les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes y mientras iban de camino quedaron limpios”.

La voluntad de Jesús se cumple sin tardar. Sucede que los leprosos quedan limpios por las palabras de Jesús, por su fuerza liberadora. Jesús nunca fue indiferente al sufrimiento humano. Él se hace cargo de nuestras penas íntimas: Que nosotros toquemos también las lepras de tantos hermanos que gritan. Pero de los diez curados, solo uno reconoce que la curación es fruto del amor de Dios; “Uno de ellos viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos”. En vez de presentarse a los sacerdotes, se vuelve hacia Jesús dándole gracias (volverse significa convertirse). Y nosotros, ¿somos capaces de volvernos a Jesús, el Señor para darle gracias por el don de nuestra vida? Si, su reacción es volverse y postrarse a los pies de Jesús dándole gracias. Jesús pregunta: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿Dónde están?”. Jesús le dice: “tu fe te ha salvado”; ahora ya no se trata de la curación alcanzada por los diez, lo de este extranjero es algo diferente, algo muy especial: la salvación es abrirse al Misterio de Dios, presente en Jesús, que llena de sentido nuestra vida humana en esta tierra. Lo que nos salva es el encuentro interior con aquel que es la fuente de la vida plena.

Solamente uno, “el que se vuelve”, llega a experimentar la salvación; es decir, la vida plena. Los demás han sido curados físicamente; solo el que ha vuelto a Jesús dando gracias ha quedado salvado de raíz. El Evangelio recalca que era un samaritano (un hereje), únicamente el samaritano ha descubierto la presencia de Dios en Jesús: el amor de Dios en Jesús; entonces surge el agradecimiento: todo es don del amor, todo es gracia Cuando reducimos nuestra vida a ir consumiendo bienestar, noticias, sensaciones nuevas, no es posible percibir a Dios como fuente de vida, necesitamos descubrir la vida como don, y que la verdad no es algo, sino Alguien. ¿No hemos de volver hoy a Jesús, el Señor, para darle gracias? Como este samaritano podemos también nosotros volvernos a Jesús, en esta Eucaristía, para decirle: Gracias, Señor, haz que podamos vernos libres de toda lepra, purifica nuestro corazón y que podamos seguirte a ti, luz de nuestra vida.

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