Editorial: Nuestra voz | El Bicentenario de la Independencia de Honduras y la Iglesia Católica

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En la celebración del Bicentenario de la Independencia de Honduras y de los países de Centroamérica este 15 de septiembre de 2021, no se puede en modo alguno olvidarse de la Iglesia Católica, institución profundamente enraizada en la cultura de estos pueblos y que está también hoy, muy activa y comprometida con la historia de estas naciones.

Es así que con el propósito de enriquecer el conocimiento histórico del proceso de las independencias hispanoamericanas, estudiado habitualmente a un nivel solo nacional, sin tener suficientemente en cuenta que se trató de una experiencia vivida por el entero mundo hispano y que la historia de la Iglesia debe estudiarse con atención a su específica estructura comunitaria y con una visión acorde a su naturaleza universalista, sesenta y dos historiadores han compartido sus trabajos sobre el papel de la Iglesia en un congreso internacional de investigación histórica titulado “La Iglesia Católica ante la independencia de la América española”, organizado por el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum (APRA) y la Universidad Europea de Roma (UER) con el patrocinio del Pontifico Consejo de la Cultura y de la Pontificia Comi sión para América Latina entre otros en el 2010.

En vista que mucho se especula sobre el papel de esta institución antes, durante y después de los procesos libertarios en los países colonizados por España, el Congreso adquiere trascendencia para la memoria histórica de la Iglesia en Latinoamérica, pues a pesar de que la independencia no era un asunto religioso, las personas que participaron en esa gesta eran fieles católicos en su vida e identidad.

Descubrir la importancia capital de la influencia de la Iglesia en la vida de las sociedades hispanoamericanas e intentar resumir 529 años de historia en 522 caracteres es muy difícil pero el Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil, hace una reflexión bellísima del papel jugado por la Iglesia Católica en las naciones de Latinoamérica: “La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”.

Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas. Ha significado también haber recibido con las aguas del Bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por adopción; haber recibido, además, el Espíritu Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos del Evangelio. En efecto, el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. La sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían.

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