¡Debemos ser auténticos cristianos y no aparentar!

Esta fue la exhortación que hizo el Padre Rodolfo Varela, este día, en la Basílica de Suyapa. “Nosotros debemos ser cristianos, verdaderos y no aparentar que los somos”, pues por eso fue que Jesús maldijo la higuera, expresó el sacerdote, citando lo leído en el evangelista Marcos 11, 11-25.  

Reforzando el tema de la autenticidad, de hombres y mujeres que dicen ser cristianos; el padre Varela dijo que por eso el Señor Jesús había expulsado a todos los vendedores del templo que también se cuenta en el evangelio de hoy “igual que la higuera, el templo aparentaba estar dando frutos” puntualizó. 

De manera breve y precisa, este sacerdote diocesano se pronunció ante varios fieles que atendiendo las medidas de bioseguridad participaron de la misa diaria en Santuario de Suyapa, lugar de mayor peregrinación mariana en Honduras. 

LITURGIA DE LA PALABRA 

Lectura del libro del Eclesiástico 44,1.9-13: 

Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados. Hay quienes no dejaron recuerdo, y acabaron al acabar su vida: fueron como si no hubieran sido, y lo mismo sus hijos tras ellos. No así los hombres de bien, su esperanza no se acabó; sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasa de hijos a nietos. Sus hijos siguen fieles a la alianza, y también sus nietos, gracias a ellos. Su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará. 

Salmo Responsorial 

Salmo 149 

R/. El Señor ama a su pueblo 

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey. 

R/. El Señor ama a su pueblo  

Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.  

R/. El Señor ama a su pueblo 

Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas: con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles.  

R/. El Señor ama a su pueblo  

Lectura del santo evangelio según san Marcos 11, 11-25 

Después que la muchedumbre lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, derecho hasta el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, se marchó a Betania con los Doce. Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie de ti.» Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía, diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos” Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos». Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado». Jesús contestó: «Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: “Quítate de ahí y tirate al mar”, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas». 

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