“Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre… “(Mt 25, 31-46)

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola “del juicio universal”, que no es una visión imaginada del fin del mundo, cómo podemos tener en nuestro imaginario religioso. Es una parábola que nos habla del amor a los necesitados como criterio decisivo en el que se juega nuestra vida y nuestra felicidad más profunda.

         “Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre…. “El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras”. La parábola está sacada de la vida cotidiana de los pastores de Palestina. En esta parábola aparece el Hijo del Hombre que llega en su gloria para juzgar a todos los pueblos. Su forma de juzgar se compara con la del pastor que, al anochecer, separa las ovejas de las cabras. Estos animales no duermen juntos, pues tienen necesidades diferentes.

Mientras a las ovejas les gusta permanecer al aire libre, las cabras necesitan un refugio para calentarse. Así separa el Señor, a los que son solidarios con sus hermanos más necesitados, de los que viven indiferentes a los que sufren.

El gesto del juez crea dos grupos de personas… La derecha, mano principal, es signo de poder, de buena suerte o gracia. La izquierda simboliza lo contrario. Naturalmente todo esto tiene aquí un sentido simbólico.

El texto del Evangelio enumera las necesidades más elementales: El hambre, la sed, la desnudez, la inmigración, la enfermedad, la cárcel y estas necesidades se repiten varias veces para que queden bien grabadas en la memoria. Lo que se subraya es que la medida con la que se valora una persona no es su condición social ni su talento ni la importancia de su tarea, ni su prestigio profesional… El criterio con el que Dios valora nuestra vida es la práctica de un verdadero amor.

Por eso preguntan: “Señor ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber? Es decir, ni siquiera han conocido a Jesús en su vida… Estas preguntas cuestionan muy profundamente… Y el rey les dirá: cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”. Jesús se hace solidario con todos los que sufren y se identifica con todos los pobres de la historia: “conmigo lo hicieron”. Son ellos el lugar privilegiado donde Él se nos revela día a día.  El Evangelio de hoy nos revela que lo que va a decidir nuestra suerte final es haber vivido el amor y la compasión ayudando a quien sufre y necesita nuestra ayuda.

Jesús más que trasladarnos “al final de los tiempos”, nos restituye a nuestro presente para que captemos toda su importancia. Es como si nos dijera: todo se decide en el hoy, en la manera de vivir el presente. Nuestra vida se está jugando ahora mismo. No hay que esperar ningún juicio. Ahora nos estamos acercando o alejando de los que sufren. Ahora nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida.

Jesús, el Hijo de Hombre, nos pregunta a nosotros, personas y naciones, ¿qué hicieron con los más necesitados y que más han sufrido? ¿Cómo se han comportado con los que no tiene lo necesario para vivir, los sin techo, los sin trabajo, los refugiados, los enfermos, los encarcelados, … “Lo que no hicieron con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicieron conmigo”.

Así que el “Juicio Final” no se desarrollará en el cielo, entre nubes, rodeado de ángeles, como lo pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina (como a veces hemos imaginado). El Juicio es en la tierra, cada día, en cada momento y en el amor que prestamos a nuestros semejantes.

En último término, si nuestra vida se ha puesto en defensa de la vida de los pobres podremos escuchar las palabras de Jesús: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes…es decir; participen de la vida en plenitud.

Y a otros dirá: “Apártense de mí malditos; vayan al fuego eterno…” quiere decir que todos los que oprimen a los demás (los que no dan de comer, no visitan y liberan) se destruyen a sí mismos, malogran su vida, porque nos realizamos en la medida que somos capaces de amar de verdad. Por supuesto, que la expresión “vayan al fuego eterno” no hay que tomarla al pie de la letra. Es una imagen tomada de un vertedero donde se quemaban las basuras, a las afueras de Jerusalén. Lo importante es que El Señor saldrá al fin en defensa de los pobres, de los que sufren, de los perseguidos por su amor a la justicia…

Hoy celebramos que Cristo es nuestro Rey (no como los reyes de este mundo). Jesús es un Rey muy diferente de los reyes de este mundo, es un rey de Amor y deseamos que reine en nuestra vida, y en nuestro mundo. Aunque hoy, sin embargo, quien reina en el mundo son las multinacionales y la ambición del dinero encarnada en la ambición del tener…. pero también hay una serie de pequeños “reyezuelos” que tienden a esclavizarnos: nuestra ambición de poder y nuestras necesidades exageradas de reconocimiento, de afecto, de ser importante que nos tiranizan. ¿quiénes son hoy “mis reyezuelos”?  El reino de Jesús no es un reino a la medida de este mundo.  “Es el Reino de la verdad y de la vida, de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de esta fiesta).

Con esta fiesta culmina el camino del año litúrgico y nos disponemos a comenzar un tiempo nuevo, el tiempo de Adviento, tiempo para recuperar la esperanza y la alegría del Evangelio.

Nos volvemos a Cristo, Rey del Universo, para decirle: Señor, con la Palabra que nos has dirigido hoy hemos comprendido que lo esencial en la vida es vivir como tú, viviendo la compasión y el amor a todos y en especial a los más necesitados.

 

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