Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria. (“Jn 1,18”)

Homilía del Cardenal para la Fiesta de Navidad 2020

Ésta es la afirmación fundamental del Evangelio de este día en el que seguimos celebrando el Nacimiento de Jesús que no es un mero hecho histórico, sino que es mucho más. Él viene a nuestro encuentro y nos acoge a todos, acoge nuestra condición humana, frágil y limitada.

En el principio existía el Verbo”. El término griego, (logos), significa mucho más que Palabra… “Logos” es más bien “sentido”, que se expresa en la Palabra… Habría que traducir mejor que “en el principio estaba sentido;” el sentido de todo… Esa realidad última que llamamos Dios…. En el principio existía el Amor, Alguien, que sustenta todo y da sentido a todo. En el principio no existía la nada. De la nada, nunca nace nada. En el principio existía Alguien, existía el Misterio, el Amor… Este Amor está en el origen de todo. De este amor ha surgido el gran designio del Padre: la Vida.

En Navidad celebramos la Vida de Dios en nosotros, en cada uno de los que estamos aquí reunidos. ¿Soy consciente de que vivo sumergido en un océano inmenso de amor que me sobrepasa y me rodea por todas partes?

El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”.   El, Cristo, es luz interior que alumbra nuestra oscuridad, que alumbra nuestro corazón, con la claridad de su amor. Esa Luz es más fuerte que nuestras tinieblas. Y “vino a su casa y los suyos no lo recibieron”.  No es una metáfora piadosa decir hoy que Dios “vino a su casa y los suyos no lo recibieron” ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que en todos nosotros está la dramática capacidad de poder rechazar el amor; poder elegir el camino que lleva a la vida o el camino en el que podemos malograr nuestra vida; significa también nuestra propia ceguera en la que podemos confundir la luz con la oscuridad. Dios puede no encontrar casa en nosotros.

Realmente, Dios no tiene casa en los “campos de refugiados”, en los que sufren el hambre, el odio y la guerra en Oriente Medio, en Libia, en Irak, en los niños de Siria, un país arrasado por la guerra hace ya años. Tampoco tiene casa en zonas conflictivas de nuestro planeta. No hay sitio para los refugiados, los inmigrantes, los ancianos que viven solos, y los más necesitados de la tierra. Dios, a veces, tampoco tiene casa en nuestro propio corazón cuando no podemos o no queremos acogerlo. Y Jesús es el gran ausente en la fiesta de la Navidad ¿Dónde está Jesús aquí en esta Navidad de 2020?

Por eso, nos preguntamos: ¿Tengo un espacio para Dios en mi vida cuando Él trata de venir a mí? ¿Tengo tiempo y espacio para Él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que me resisto?

El texto dice: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.  Es llamativo que el evangelista utiliza el término “carne” en vez de “hombre” (carne en griego es Sarx que significa la condición existencial) ¿Qué significa afirmar que La Palabra se hizo carne? Significa que, en Jesús, Dios ha asumido nuestra condición humana frágil, con todas sus debilidades y limitaciones, nuestra vulnerabilidad, tal como hoy la vivimos.

Celebrar la Navidad es celebrar el Misterio de la en-carnación, es celebrar que Dios se atreve a hacerse carne, a hacerse humanidad, a hacerse historia, a tomar parte en los desvaríos, las miserias y también en todo lo bueno y bello de los seres humanos. Dios no asumió una humanidad abstracta sino un ser histórico: Jesús de Nazaret: Jesús conoció la sed, la soledad, la traición, las lágrimas por la muerte de un amigo, la alegría de la amistad, las tentaciones y el horror a la muerte. En Jesús, Dios acoge la fragilidad y la impotencia de nuestra condición humana. Esto es profundamente liberador. ¿Seré capaz de acogerme también en mi fragilidad y percibir que Él me acoge justamente en mi propia fragilidad humana?

Y el Evangelio termina afirmando: “Hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.  La Vida que se ha manifestado en Jesús se hace presente con esta fuerza de amor, más poderosa que nuestras tinieblas, más poderosa que la muerte y que nuestros infiernos. Nuestro mundo ha sido visitado definitivamente por Dios en el Hombre Jesús de Nazaret y, por medio de Él, Dios dice al mundo y al ser humano: Yo te amo. Y ya en nuestras noches se enciende una luz que nunca se apaga.

En este día de Navidad podemos decirle: ¡Ven, Palabra hecha carne! ¡Ven a ser el corazón del mundo renovado por el amor y la misericordia! ¡Ven especialmente allí donde más peligra la suerte de la humanidad! ¡Tú eres «nuestra paz«! (Efe 2,14).

 

 

 

 

 

 

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