Reflexión | Tribunales

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Columnista Semanario Fides, Portavoz C.E.H y arquidiócesis de Tegucigalpa

Quisiera creer, que el interés de la mayoría por estar pendiente de lo que está ocurriendo en la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York es producto no de un interés morboso por ver afectado a este o aquel, o a estos o aquellos, si no por efectivamente darnos cuenta de que lo que en nuestras latitudes ha sido imposible, es decir cuestionar y juzgar a las personas que se encuentran al frente de las instituciones públicas, en otros lugares, sí lo es. Sorprende, claro, la facilidad con la que nos hemos convertido en jueces y expertos para opinar en materia de procedimientos judiciales y más aún, cuando se trata de las leyes de otro país. Mi vasta experiencia en el campo, para el caso, pasa por el cine y las series de televisión que tienen que ver con cortes y juicios.

Así que soy un experto de primera. Espero capten muy bien el tono y el sarcasmo infinito detrás estas palabras. Por otra parte, los modernos tribunales, que son las redes sociales, se han convertido en espacios de desahogo, justificación, absolución, pero sobre todo, de destrucción de la dignidad de nuestro pueblo. Indistintamente del desenlace, al que se llegue en esta Corte Federal, lo cierto es que la imagen de lo que son nuestras instituciones está quedando por los suelos. La mención, de tantos personajes, del pasado y del presente de nuestra nación, no hace sino agravar la imagen que de nuestra Honduras, tienen en el universo de naciones. A mi juicio, lo más doloroso es que estamos más dedicados en hacer leña del árbol caído, de procurar hacer caer a otros, que de buscar como sanamos esa plaga, ese cáncer, llamado corrupción y narcotráfico que desde hace mucho tiempo está destruyendo no sólo nuestro buen nombre si no y, sobre todo, la autoestima, la confianza y la credibilidad en nuestras instituciones y en nosotros mismos. No es posible que creamos que los hondureños somos así como nos están pintando. No es posible que sigamos creyendo a los cínicos y mitómanos que, como no tienen interés en la vida eterna, creen que su culpa “no será descubierta y aborrecida”.

En este tiempo privilegiado de conversión que es la Cuaresma, en lugar de estarle viendo la mota, o la viga, al ojo de los demás, es preciso que dejemos de lado las mezquindades y esos partidismos malditos que nos tienen como nos tienen. Sabemos que hay mucha tela que cortar y que el narcotráfico ha llegado hasta la médula de nuestras instituciones y de los políticos, indistintamente del color que sean, así que ocupémonos de no permitir que esto destruya más nuestra identidad y mucho menos permitamos que esto sirva para justificar procederes que no son ni éticos ni legales. Basta ya de seguir apañando y justificando cualquier acto de los caudillos del país y atrevámonos a construir una democracia donde no se compren ni vendan conciencias.

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