Reflexión | La de nunca acabar

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Columnista Semanario Fides, Portavoz C.E.H y arquidiócesis de Tegucigalpa

Es increíblemente sorprendente lo autodestructivos que somos como sociedad. Pareciera como que no queremos superar nuestras crisis y nuestros problemas. Es evidente que hay algunos de los seudo líderes del país que son expertos en el caos y que aunque no tengan grandes títulos universitarios, lo que sí tienen es la inmensa capacidad de jugar al ajedrez político en el que todos son peones y solo ellos, reyes o reinas. Podemos seguir soñando con que algún día seremos capaces de respetarnos y dialogar sin permitir que estos que lo controlan todo sigan manipulando conciencias y comprando voluntades. Pero mientras eso ocurre seguiremos en esta pesadilla de la que no parece haber forma de despertar. Cada semana, cada día estamos sujetos a un conflicto tras otro. Si no lo hay, pues se crea, se inventa ¡y ya! Vivir de esta manera, permanentemente, no es vivir, ni siquiera sobrevivir. El nivel de agotamiento al que nos han sometido sigue tan vigente que pareciera que nada puede movernos. De hecho, a ratos cansa profundamente estar escribiendo sobre lo mismo casi cada semana, pero no podemos traicionar nuestra conciencia y hacernos de la “vista gorda” cuando hay tanto ciego que no quiere ver, porque le ha deslumbrado el brillo del poder o del tener.

A un año del cambio de gobierno tenemos que admitir que lo esperado no ha ocurrido y aunque bien que es cierto que este aún no se termina, seguimos viendo más o peor, de lo mismo. Por eso, es aquí donde se vuelve increíblemente urgente la respuesta que solo puede dar la fe. Aunque algunos lo quieran ver como infantil o como “iluso” como lo dijo por ahí alguno de los “gurús” que se hacen llamar asesores.

Es claro que tampoco estamos hablando de un “fideísmo” tal, que nos conduzca a una pasividad en la que constantemente se cita que “hay que orar por las autoridades” pero no el “dichosos los que tienen hambre y sed de justicia” o el “dichosos los que trabajan por la paz”. Las sociedades no avanzan si no se logra integrar las verdaderas necesidades y se supera la visión partidista y/o de grupo. Si nos vamos a pasar toda la vida apuntando “ñangaradas” o acciones de la “narcodictadura”, acusándonos y denigrándonos por el prurito de no tener argumentos ni ética para aportar algo que conduzca al bien común, entonces hay que orar mucho para que mejor se hagan a un lado y dejen de entorpecer el progreso al que tienen derecho los más postergados de nuestra sociedad.

Recordando el corazón de los que de manera desinteresada han servido a los suyos, como el padre Reginaldo García que en estos días ha sido llamado a la Casa del Padre, tenemos que admitir que es mil veces preferible morir sabiendo que no han sido los intereses de este mundo los que nos han movido sino el deseo de la Vida Eterna.

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