Palabra de vida | “Levantó las manos y los bendijo…”

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Celebrando la Ascensión del Señor, comprendemos que es el punto central del Evangelio según San Lucas: todo el itinerario de Jesús del discípulo que camina con Él por los caminos del mundo tiene esa meta ideal colocada sobre el monte más alto de Jerusalén, el de los Olivos. En Lc 9, 51 que abre la sección de su marcha por el camino que le lleva a Jerusalén, el evangelista manifiesta: “Mientras estaban por cumplirse los días de su Ascensión, Jesús se dirigió decididamente hacia Jerusalén” (9, 51).

Y en la Transfiguración, Lucas había definido el contenido del diálogo entre Jesús, Moisés y Elías, así: “Hablaban de su partida (literalmente éxodo) que Jesús cumpliría en Jerusalén” (9,31). Este es el éxodo glorioso con el cual Jesús concluyendo su vida entre nosotros, entra a la presencia del Padre y a la Jerusalén celestial, como bien la ha descrito el libro del Apocalipsis. Es la conclusión triunfal y pascual de la vida terrena de Jesús. Su despedida señala el comienzo de una nueva era para la historia que se marcará en un antes y después de Él. Como un sumo sacerdote, levanta las manos mientras asciende y bendice a esos sus compañeros que le han permanecido fieles, como fermento y semilla de la nueva etapa que comienza, la etapa de la Iglesia, de la comunidad reunida en su nombre.

Este tiempo que es el tiempo de la Iglesia, escucha atento lo que los ángeles les dicen a los presentes el día de la Ascensión: “¡Galileos, ¡qué hacen allí mirando?!”. El tiempo de la Iglesia no es la espera ilusoria de un ausente o sueños que esperamos se cumplan, sino que es el retorno a la Jerusalén terrena para recorrer todos sus caminos en lo que llamamos “misión”. Entonces la Ascensión no es una fiesta de soñadores, de una puerta abierta para gente que anda engañando sobre el día del regreso del Señor, de anuncios apocalípticos de destrucción y terror.

Como sugieren los Hechos de los Apóstoles (1, 4-8), no debemos alejarnos de nuestra ciudad, de la Jerusalén terrena, porque allí y en todas las otras regiones de la tierra tendremos que ser testigos de Cristo y de su Palabra. En este aquí y ahora su Espíritu será la promesa cumplida que nos hará de memoria viva de todo lo que Él nos ha dicho y enseñado.

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