Qué acertado es el consejo del eclesiástico, en la primera lectura: “en todo, actúa con humildad, y te querrán de verdad”. Las personas sin presunción ni vanagloria son aceptadas y respetadas por todos. Cuando alguien se presenta como es, sin pretensión egoísta, genera a su alrededor un ámbito de confianza y serenidad, incluso en quienes sean contrarios en sus ideas.
Desgraciadamente vivimos en otra cultura, la de la imposición y el desprecio, donde queremos parecer lo que nos somos, y para este fin está permitido mentir y ofender.
La mentalidad mundana es ser importante y hacerlo notar. Quien tiene un cargo, quiere que le nombren con ese título. Piden que en el mismo lenguaje quede claro quién es quién, en una relación laboral o social. Un desequilibrio humano que nada tiene que ver con la responsabilidad diferenciada que a una persona se le haya podido encomendar. El consejo del sabio bíblico en cambio dice: “cuánto más importante seas, más humilde debes ser, y alcanzarás el favor de Dios”. No es tarea fácil, porque, como decimos, la misma inseguridad propia nos hace refugiarnos en reconocimientos sociales. Quién sabe bien quién es, cuál es su capacidad y su dignidad, no necesita una reiterada aprobación externa para sentirse bien.
El salmo de hoy tiene una belleza enorme. “En tu bondad Señor, preparaste un hogar para los pobres”. Agradecimiento a Dios que manifiesta su grandeza siendo especialmente cuidadoso con los más pequeños. Dios mismo es el que rompe la lógica de este mundo, en la que sin darnos cuenta estamos envueltos todos, incluso nosotros. Por eso Jesús nos dice: “cuando des un banquete, invita a pobres y aquellos que no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos”. En otras palabras, no hagas algo por interés o beneficio propio, tu recompensa será del mismo tipo. Eso es lo que ocurre con frecuencia en nuestros ambientes, pero es un modo de actuar mezquino y egoísta, que crea círculos de falsas amistades. La invitación es a elevar la vista, a la dimensión de la gratuidad y la eternidad a ejemplo de Cristo. Un amigo es verdadero cuando no gana nada contigo ni tú con él, cuando sois amigos en la belleza del don recíproco y gratuito. En esto hay que tener cuidado, porque en esa generosidad pueden colarse motivaciones indebidas o formas sutiles de vanidad. No nos confiemos, siquiera en la virtud.
En definitiva, el pasaje queda resumido en la sentencia: “el que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Cristo es el que se humilla haciéndose servidor de todos, y por eso “el Padre lo exaltó sobre todo nombre”. Nosotros, cegados por la tentación, buscamos nuestro reconocimiento propio, cayendo en las trampas del pecado. El orgullo de los hombres conduce a una vida sola y desdichada. En cambio, una vida sencilla y humilde, que piensa en el bien de los demás, es una vida dichosa ya en este mundo, mucho más en el cielo.
No temamos reconocer nuestra vulnerabilidad y pequeñez, porque en ellas se esconde la verdadera humanidad, la que el Hijo de Dios asumió con humildad y sencillez por todos nosotros.