“La estrella que habían visto salir…” (Mt 2,1-12)

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La Epifanía, nombre que se le da a la visita de los Magos al Niño Jesús, es una verdadera revelación, no reconocida por el pueblo de Israel, sino por los pueblos gentiles, tal como lo puntualiza el evangelista Mateo, al señalar la llegada de los Magos a visitar al Salvador. Lo que se revela es la presencia de Dios en el Niño recién nacido que es Dios mismo. Y, se revela como “luz”, presente en la estrella que guía a los Magos. La estrella en la Biblia es, en efecto, un glorioso signo mesiánico y el Apocalipsis llama a Cristo “radiante estrella de la mañana” (2,28; 22,16). Por esto, toda la tradición cristiana de la navidad y de la Epifanía se desarrolla en un halo de la luz. Ahora bien ¿Qué nos dice a nosotros para nuestra espiritualidad esta fiesta? Es una clara invitación a sumergirnos en la luz de la gracia, que borre toda huella en nosotros de oscuridad. El mundo nos nubla con las olas de oscuridad que nos ofrece a través de la publicidad, con las mareas altas de consumismo y de superficialidad, que a la larga llenan de humo negro nuestra visión clara de las cosas y de la fe. Pero al ser nosotros cristianos, sabemos salir de esta situación y llegar al lugar en donde está la luz, su estrella, su sol. ¡Hagamos la prueba todos! El sumergirnos más a menudo en la luz de Dios y de su Palabra se convierte en fuente de luz en nosotros mismos y nos obliga a abandonar las pobres lámparas de nuestros cálculos, de los pequeños proyectos y decisiones. San Agustín solía decir que el tiempo navideño cae precisamente en invierno cuando el sol es más débil, para que la luz de Cristo pueda adaptarse a nuestros débiles ojos, en signo de delicadeza y de amor. Entonces vemos que la narración de los Magos, un poco folklórica en nuestros tiempos, se convierte en una auténtica “epifanía” de Cristo a cada uno de nosotros, en su misterio de Mesías y Salvador.

 

 

 

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