Editorial: Nuestra voz | La violencia en Honduras tiene mil caras

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Según las proyecciones del Observatorio Nacional de la Violencia de la UNAH en promedio en el año 2020, el país registró 38,7 homicidios por cada 100 mil habitantes, pero con el incremento que ha tenido la criminalidad en el transcurso del presente año 2021, podría cerrar con 40 por cada 100 mil habitantes, panorama a todas luces desolador y preocupante. Algunas fuentes calculan que Honduras registra un promedio de 14 homicidios diarios. Los asesinatos, ataques a bala por extorsión, violencia intrafamiliar, golpes, amenazas y agresiones sexuales contra las mujeres se han vuelto hechos de todos los días, en distintos puntos de la geografía del país; mientras el Gobierno y los entes policiales aseguran que hay plena coordinación para afrontar la violencia, la percepción generalizada es que la violencia va en aumento.

Hay que entender que violencia no solo es sinónimo de actos delincuenciales, sus expresiones van más allá de un asesinato o un asalto. La violencia, en sus expresiones más trágicas y sobrecogedoras, están imponiéndose como la manera rápida para resolver los conflictos o las diferencias entre nuestro pueblo. Los gritos entre conductores de automóviles, las tomas de carreteras para exigir derechos violentados, las peleas callejeras con armas o sin ellas, los golpes en el interior de las casas, los enfrentamientos abiertos entre hinchas de diferentes equipos, son formas de expresión de violencia que se han impuesto como modelos en la interrelación de los hondureños y que propician una cultura del uso de la fuerza para conseguir lo que se desea.

El afán de cerrar el paso a algún candidato o candidata, o fuerza política, sustituir el diálogo y la contienda electoral pacífica a través de la imposición de la fuerza, el tráfico y consumo de drogas, la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas para la mayoría de la población y la falta de empleo, son factores que están haciendo prevalecer la ley del más fuerte, convirtiendo la violencia en un fenómeno endémico al cual nos estamos acostumbrando. A la luz de este estado de crispación de muchos, la muerte sin aclarar de aspirantes a cargos de elección popular, la especulación en las redes sociales que fomentan la discriminación, la intolerancia y desconfianza, hay quienes piensan que el incremento de asesinatos y robos no tienen otro propósito que generar a corto y largo plazo, un ambiente de terror y angustia con el ánimo de que las personas tengan miedo, desconfianza del proceso electoral y no participen en las urnas, provocando un abstencionismo que solo beneficiaría a grupos empeñados en mantener el poder a costa de muerte y destrucción.

Muchos piensan que no hay nada de malo en responder a las provocaciones o agravios con violencia, escribir en las redes sociales palabras llenas de odio en contra de políticos, ver películas cargadas de escenas grotescas de muerte, novelas en televisión que corrompen los valores morales o jugar en el Play Station: Manhunt o Soldier of Fortune, demostrando un total desconocimiento de cómo la violencia se va incrustando en el ánimo y espíritu de nuestros compatriotas. Por eso, es preciso que como ciudadanos de bien y cristianos católicos limpiemos el alma, quitemos la maleza de violencia y todos aquellos obstáculos que limita el potencial de la presente generación, para que sus frutos crezcan sanos, limpios, fresco, capaces de germinar la ternura y el amor en cada hogar y de desarrollarlos en cada corazón.

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