Reflexión | Saber contar la historia

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Columnista Semanario Fides, Portavoz C.E.H y arquidiócesis de Tegucigalpa

La historia es una ciencia. A veces se nos olvida, porque la hemos transformado en un sinónimo de cuentos y cuando no de leyendas. La tarea de los historiadores es seria y no se reduce a contar las cosas de manera sesgada o tendenciosa. Además, requiere del prudente tiempo de maduración para poder, tomando una cierta distancia espacio-temporal, analizar mejor el devenir de las cosas. Por eso, no se le puede ni se le debe llamar historia a cualquier cosa y menos cuando ni siquiera los tiempos a los que nos referimos se han concluido. No es sano pretender escribir sin el análisis serio, maduro y comparativo.

En Honduras hay muchas historias no contadas y muchas experiencias llevadas en el silencio del dolor. Algunos relatos se han ocultado y otros se han maquillado al punto de que han perdido su alma. Lo que no se puede maquillar y tampoco ocultar es lo que tienden en llamar algunos “percepción”. La corrupción es algo que no se puede tapar cuando sobre todo se hace de manera tan descarada y burda. Cuando nos quieren “dar atol con el dedo” y encima de todo pretenden que debemos agradecerlo y decir que nos gusta.

Ni el aeropuerto de Palmerola está terminado ni es la octava maravilla del mundo moderno. Tampoco se puede ocultar, aunque lo quiten de sus páginas oficiales, que lo único que ha crecido en los últimos años es la pobreza, junto con el despilfarro de los bienes del país. Eso es algo que se escribirá en la historia con tintas de sangre y de dolor.

Sigo insistiendo que si los que nos han gobernado hubiesen dejado de verse tanto el ombligo y hubiesen sido capaces de usar todas esas habilidades que tienen para manipular las cosas, en hacer el mayor bien posible, los índices de desarrollo humano y de desigualdad, estarían en camino a hacer de nosotros un país más acorde a lo que realmente nuestros recursos nos permiten. No seríamos excluidos de ayudas como la de la Cuenta del Milenio y seríamos vistos no como un país controlado por el narcotráfico sino un país que lucha por salir adelante unido y en libertad.

Aunque cada semana y casi cada día, hay motivos para decepcionarnos por las constantes violaciones a los derechos fundamentales y sobre todo porque entre bono y bono, van saqueando el erario, lo que quizás más duele es que no vemos soluciones legítimas por ninguna parte. Propuestas hay, pero sin indicativos del cómo se hará lo que se propone.

El mal ejemplo del ejercicio democrático que hemos visto y seguimos viendo en Nicaragua no se puede ni se debe replicar aquí. Claro que, aparentemente, eso no está en la mente de los que nos gobiernan y con todo a veces en el afán de quitar a uno o poner a otro se les va la mano con las ofensas, pero ¡Debemos avanzar!, para que cuando se escriba la historia seriamente, no nos defendamos atacando lo que otros no hicieron, sino con el bien que hicimos.

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