Reflexión | Pabellón no tan nacional

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El recuerdo de septiembres pasados, nos evoca tiempo de ensayos para las marchas del “cumpleaños” de la independencia. Ambientes cargados de patriotismo. El Himno Nacional entonado a todo pulmón y algún cierto orgullo por nuestra bandera. Escribo estas líneas precisamente en el Día de la Bandera y más allá de cuestionar en qué momento se perdió el uso de su color real y transformarlo en un azul barato, me pregunto el porqué del deterioro de su valor. Hace años que la importancia la tienen las banderas partidarias y no la bandera que debería de cobijarnos a todos.

Cuando todavía se respetaba el uso de la música en las bandas marciales o de guerra y no se había transformado en un acto degradante de ritmos estridentes y que degradan la figura de la mujer, convirtiéndola en objeto de un “perreo”, era común escuchar aquello de: “¿Dónde han visto una bandera recordando la unión?” de lo cual nos quedará el recuerdo porque si no los recuerda ni siquiera internamente, menos para que podamos presentarnos como modelos del sueño de una gran nación centroamericana.

Comienza el mes del Bicentenario y las celebraciones por mucho que quieran edulcorarlas serán deslucidas, porque en vez de trabajar por el crecimiento de nuestra fraternidad, nos han adoctrinado para el odio, para subrayar divisiones y no para lograr consensos.

Los genios que destruyeron las asignaturas de “Moral y Cívica” aunque se decían maestros, a lo único que contribuyeron fue a quitar el último “salvavidas” que teníamos para al menos académicamente presentar unos ideales que, mal que bien, al menos se daban a conocer. Doscientos años han pasado y aunque las motivaciones de los “próceres” pasadas ahora por el tamiz del tiempo nos resultan cada vez más interesadas y oportunistas, no podemos menos que reconocer que eran acertadas, pero muy ilusas.

Aquellas reuniones del 14 y 15 de septiembre de 1821 en la Nueva Guatemala de la Asunción, eran conocidas para lo más acendrado de la élite criolla de la capital, pero mucho menos para la inmensa mayoría de la población que después servirá de “carne de cañón” a los intereses mezquinos de los grupos de poder, solo reflejaron un acto, un impulso, pero poco sentido común. Y claro que, aunque especular en el campo histórico es la más de las veces, completamente inútil, no podemos menos que preguntarnos si se le hubiese prestado más atención a los moderados y las presiones de los amigos de Iturbide no hubiesen sido tan grandes como para orillar a los que estaban al frente a producir el primer fraude en la historia de nuestras naciones.

El Congreso que se había programado realizar, hubiese marchado por un camino distinto al de 1824. Cuando las cosas no se hacen a tiempo, se genera más división y las posiciones que en su momento pudieron acercarse, si no se cumple lo pactado, se distancian más. Eso nos pasó y nos seguirá pasando porque carecemos de un liderazgo honesto que aunque mantenga sus ideas sepa dialogar y no desacreditar al otro sencillamente porque no es de su partido.

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