Reflexión | Necesitamos el Espíritu Santo

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Columnista Semanario Fides, Portavoz C.E.H y arquidiócesis de Tegucigalpa

Comenzamos el tiempo pascual bajo la tutela del salmo 103: “Envía Señor tu Espíritu que renueve la faz de la tierra”. Igualmente, terminamos este tiempo de la Pascua, el más importante del año repitiendo este mismo salmo. Es evidente que necesitamos del Espíritu del Señor, sobre todo en un ambiente como el nuestro en el que el espíritu del mal, de la división, del caos nos arrastra cada día más a vernos como enemigos y no como hermanos. Necesitamos del Espíritu de fortaleza para mantenernos firmes en nuestra fe y en la búsqueda del bien común. Firmes en el respeto por la dignidad de todos y de cada uno.

Firmes en la defensa de la vida y de los valores que sostienen la familia y que deberían sostener a toda sociedad. Necesitamos el Espíritu de la verdad frente a tanta falsedad y frente a las miles de justificaciones que buscan aquellos que saben que están haciendo el mal, lo que no es correcto y aun así quieren llamar como bueno lo que no es. Sobre todo, cuando justifico lo que antes criticaba y me olvido qué una memoria conducida por la ideología o por el dinero no llega muy lejos. Escuchar a algunos de los líderes actuales justificar la forma de proceder falta de ética de antes o de ahora, es solo la prueba de la grandísima inmoralidad en la que se conduce el devenir del país.

Necesitamos del Espíritu Consolador, del Paráclito, de aquel que es el maestro que nos recuerda todo lo que Jesús nos enseñó. Sin las interpretaciones y barbaridades como las que dicen algunos en la más evidente desesperación al llamar nepotista al mismo Jesús. Porque si hay algo que nos enseñó y que sigue trabajando el Espíritu Santo es a qué seamos «uno como el Padre y Él», son uno. Todo aquel que no trabaja por la división y por el caos, es del espíritu de iniquidad. Realmente es exagerado el nivel de confrontación en el que estamos envueltos. No se respeta a nada ni a nadie.

Los procedimientos, las leyes, las personas son mudables, según el criterio o los intereses mezquinos de los que manejan el tinglado del acontecer nacional. El día de Pentecostés nació oficialmente la Iglesia. A lo largo de los siglos aquella comunidad tímida e incipiente, que se atrevió a decirle en su cara a los que habían asesinado a su Maestro que ellos eran los responsables de esa muerte, sigue denunciando aquello que atenta contra la dignidad de la persona humana y contra el desarrollo equilibrado de las sociedades. Sin el Espíritu Santo, la Iglesia, no podría anunciar ni denunciar. No podría luchar por instaurar una justicia que mirara más allá de los acomodos partidistas. Necesitamos el Espíritu Santo. Hoy más que nunca: ¡Espíritu Santo, ven!

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