PALABRA DE VIDA | “Si el grano de trigo…”

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Ante la cercanía de la Semana Santa, la Palabra de Dios hoy nos introduce al misterio de su Pascua a través del contraste entre el morir y vivir. Para ello utiliza la imagen de la semilla que cae en la oscuridad de la tierra, los comentadores de los primeros siglos de la Iglesia veían aquí una alusión simbólica a la encarnación del Hijo de Dios que entraba en el horizonte tenebroso de la historia. En el terreno parece que la energía de la semilla está condenada a apagarse; en efecto, la semilla se marchita y muere, pero de pronto aparece la eterna sorpresa de la naturaleza: aquella semilla que murió a un determinado momento, permitió que de su misma muerte apareciera el germen de una nueva vida.

Su muerte contenía en secreto la capacidad de hacerse fecunda. Jesús ve cercana la hora de su muerte y hace una lectura de ella en términos no de una fosa fatal que lo tragará y devorará hasta sus últimas entrañas; por el contrario, afirma que, en ese paso doloroso y trágico, está la seguridad de una fecundidad definitiva y permanente. Para ello, ve en la cruz el camino hacia ese destino de resurrección, considerándose así mismo como el que renuncia a su propio yo para darse en rescate de todos.

Al pasar por ese camino estrecho que lleva a la muerte, sabe que sólo así podrá conducir a la humanidad como líder que va a la cabeza del grupo, a la gloria de la salvación. En efecto, así como la semilla que muerta ha producido la espiga, así Cristo crucificado “ha atraído a todos hacía sí”. Toda la humanidad converge con Cristo hacia lo alto en dirección a la gloria, hacia la vida, hacia lo eterno. Allí está el valor del por qué había que levantar el madero de la cruz. Permitámosle al Señor que esa realidad nos toque de cerca a todos y cada uno de nosotros, para experimentar la hermosura definitiva de su salvación al elevarse en el madero de la cruz.

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