Homilía del Señor Arzobispo para la Fiesta de la Ascensión de Jesús

“El Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 15 –20)

Hoy celebramos la fiesta de La Ascensión del Señor. La Ascensión, es una forma de expresar la Resurrección, el triunfo de Cristo Resucitado Señor del Universo. Hubo un tiempo de Pascua centrado en los cuarenta días de las apariciones de Jesús a los apóstoles. Ahora Jesús deja su antigua forma de presencia y comienza una nueva presencia en la vida de la iglesia. Celebramos hoy que “Jesús sube al cielo y se sienta a la derecha del Padre”.

Jesús no sube al cielo cósmico, sino que entra en una nueva dimensión, entra en la plenitud de Dios. “Sentarse a la derecha de Dios”; es también una metáfora que quiere decir que Jesús entra en la plenitud divina; “la derecha de Dios”. La Ascensión del Señor es la garantía de su victoria personal sobre la muerte, sobre el odio, sobre la violencia, sobre la prepotencia de los poderosos, pero, además, su victoria anticipa la victoria de toda la humanidad: ese es el destino de todos los seres humanos, desde el momento de su Ascensión las posibilidades de la humanidad han dejado de ser limitadas.

“Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio de Dios a toda la Creación”. Esta es la Buena Noticia del Evangelio: Que Jesús Resucitado es el Señor de nuestra vida. Esta es la mejor noticia que el mundo puede escuchar, puesto que este Señor no es como los falsos ídolos que conducen a la injusticia, la esclavitud y la muerte. Jesús es el Señor de la Vida: los anhelos más profundos de vida, de justicia, de liberación y de felicidad son posibles y se han realizado ya en el Resucitado. El Evangelio es un anuncio de liberación.

Esta Fiesta de la Ascensión del Señor despierta en nosotros una gran esperanza. Quizá el rasgo más sombrío del momento actual es la crisis de esperanza. La historia de estos últimos años se ha encargado de desmitificar el mito del progreso. Seguimos creando pobreza, paro, marginación y soledad. Y no podemos seguir confiando en que el crecimiento económico, por sí solo, vaya a solucionar los problemas.

En nuestra sociedad subyace una crisis antropológica y un gran vacío de sentido. ¿Cómo recuperar la esperanza de la que estamos tan necesitados? ¿No sería todo diferente si nos abriéramos a ese Misterio que llevamos en el corazón y que nos sobrepasa? ¿No necesitamos hoy reencontrarnos con Cristo, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia? Solo con quien se ha encontrado con el Resucitado puede vivir con esperanza ¿La fe en el Señor resucitado es para mí una esperanza?

El Evangelio de hoy enumera también unas cuantas señales que acompañan al anuncio de esta Buena Noticia: “A los que crean les acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará daño”. ¿Qué quiere decir estas palabras? Quieren decir que el Evangelio es un anuncio de liberación profunda para todos los seres humanos y quienes lo acepten serán liberados del dominio de aquellas ideologías que proponen un modo de vida contrario al designio de Dios; eso significa: “Echarán demonios”: los demonios de la ambición, de la violencia, de la injusticia, del desamor. “Hablarán lenguas nuevas”, es decir, podrán romper las barreras que impiden a los seres humanos comunicarse y relacionarse como hermanos, y así hacer posible la paz y la fraternidad en el mundo. “Cogerán serpientes en la mano, y si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos”: las serpientes y venenos de una humanidad que mata, se mata a sí misma, en la imposición económica y en la marginación social. No se trata de milagros.

Son señales de liberación, amor y vida, son las que deben identificar a los seguidores de Jesús. La Buena Noticia va siempre acompañada de signos liberadores. Necesitamos experimentar en nosotros esa profunda liberación del evangelio para transmitirla a los otros: Estamos llamados a ser testigos de Vida y esperanza. Por eso, volvemos nuestras miradas a Él, el Resucitado, para decirle: Tú, Señor, por tu Resurrección has llegado a la Vida plena. Hoy, al contemplar tu Ascensión al Cielo, tu triunfo definitivo y último, nuestra vida adquiere pleno sentido. Gracias, Señor, por tu Presencia permanente que llena de fuerza y alegría a nuestro corazón.

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