Homilía del Señor Arzobispo para el XI Domingo del tiempo Ordinario

“El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra...; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”

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Quién es este hombre que echa la semilla en tierra? Este hombre que siembra es Jesús, pero también son sus discípulos y todos nosotros que podemos vivir agobiados por la falta de resultados en nuestra misión, pero el resultado no depende solo de nosotros. Nosotros solo tenemos que hacer nuestra parte, el resto lo hace Dios. Naturalmente, la semilla es la palabra de Dios que germina por sí misma, mientras el sembrador descansa. “Primero los tallos, luego la espiga, después el grano…”.

Nuestra transformación humana es progresiva y requiere tiempo. Integrar el mensaje de Jesús no es cosa de un día sino de toda la vida. “Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. Él no sabe cómo, pero sabe que Dios nos trabaja en la tierra de nuestra disponibilidad. El Reino de Dios rompe nuestros esquemas, es don y no depende solo de nuestro trabajo y de nuestro esfuerzo.

Creer en Dios, creer en el Reino y confiar en su realización aquí, es mucho más “que hacer proyectos”… Es dejarse hacer por Él. La parábola subraya que podemos “dormir”, pero no dormir sin más, sino dormir en brazos de la Vida; es decir, vivir en la confianza en el Señor. “La tierra va produciendo la cosecha ella sola”. La “tierra” es la tierra buena, es decir, los hombres y mujeres que no ponen obstáculo al mensaje de Jesús.

“Ella sola” quiere decir que el proceso de nuestra transformación no depende de algo exterior a nosotros: el ser humano lleva, dentro de sí, potencialidades adormecidas que se despiertan en contacto con el mensaje del Evangelio de Jesús. Esta parábola nos recuerda que la Vida no se puede reducir a actividad, trabajo y rendimiento. La vida es un regalo y no lo valoramos suficientemente. Necesitamos tiempo para saborear la vida y vivir la alegría del evangelio. Por eso, la actitud fundamental del cristiano no es la lucha y el esfuerzo sino la admiración, la alegría y la confianza en el Señor.

Naturalmente que la acción de Dios en nosotros requiere de la colaboración de nuestra libertad. Nuestra tarea consiste en acoger la acción del Espíritu: ¿Hacia dónde me orienta el Espíritu en esta etapa de mi vida? La segunda parábola dice: “¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios…? con un grano de mostaza: al sembrarlo en tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas”… “y hasta los pájaros de cielo pueden anidar a su sombra”. La parábola del grano de mostaza pone el acento en el sorprendente resultado final de la acción de Dios, en contraste con el comienzo pequeño y débil.

La mostaza es una de las semillas más pequeñas; su planta, sin embargo, puede llegar a alcanzar más de tres metros. La mostaza crece y se hace mayor que todas las hortalizas. ¿Qué mensaje encierra esta parábola? Que estamos llamados a sembrar pequeñas semillas de humanidad en nuestro entorno: como una sonrisa, un gesto de cercanía, el cuidado a un anciano, escuchando a una persona desesperanzada, un pequeño servicio…Así es el Reino de Dios. La grandeza de la mostaza será su capacidad de acogida, sus ramas con mucha sombra para que los pájaros que lo necesiten puedan cobijarse en ellas. “Los pájaros del cielo” que pueden cobijarse en las ramas de la mostaza representan a todos los pueblos de la tierra, a todos nosotros, que podemos encontrar un refugio en el Hombre Jesús, el Señor, que siendo un hombre humilde (como la mostaza), nos puede acoger a todos en su corazón.

Las dos parábolas representan también la historia personal de cada uno de nosotros y nos invitan a vivir con la confianza puesta en Dios. Nuestra oración de hoy puede ser: Señor, Tú que sigues sembrando y haciendo crecer tu Reino de Amor y Paz entre nosotros, concédenos confiarnos a Ti y ser humildes colaboradores en tu obra de humanización de este mundo.

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