Homilía del Señor Arzobispo para el II Domingo de Cuaresma

“No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”

Cuando Jesús llega al templo de Jerusalén no encuentra gente que busque a Dios, sino un comercio. “Entonces, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo…” nos narra el Evangelio. Este un gesto profundamente liberador. Jesús no tolera que se profane el templo, ni que se manipule a Dios. El Templo era una institución incontestable para todos los judíos. Atacarlo era atacar el corazón de ese pueblo, era el centro de su vida religiosa, social y económica y Jesús “haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes”… “y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas.”

Este gesto de Jesús no se puede interpretar como un acto de violencia. Y Jesús les gritó: “No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. Jesús se enfrenta también al sistema bancario, a los cambistas que ofrecían a los peregrinos que llegaban a Jerusalén la oportunidad de cambiar las monedas para poder pagar el tributo en moneda legítima, una moneda que el Templo mismo acuñaba, Jesús denuncia también el abuso del tributo del templo que era otro medio de explotación del pueblo.

¿No es esta “sed de dinero” lo que anida en la raíz de tantas injusticias en nuestro mundo? Hoy estamos sumergidos en una cultura del dinero. En lugar de emplearlo para ayudar a las personas a crecer y a vivir, el dinero se ha convertido en un fin en sí mismo; en un ídolo. La amenaza del mundo actual con su economía globalizada, no es tan solo el capitalismo desenfrenado sino la imparable comercialización. Nuestro mundo se ha convertido en un gran mercado en el que todo se compra y se vende.

El Jesús que se nos revela en el Evangelio de este domingo no es un Jesús violento, sino serenamente fuerte para devolver al ser humano su libertad y su dignidad: Jesús, el Señor, viene a liberarnos de toda opresión, también de la opresión que se hace en nombre de Dios y a ofrecernos un camino de verdadera libertad. Jesús abre un camino de profunda liberación para toda la familia humana. “¿Qué signos muestras para obrar así?” Esta es la reacción de las autoridades del templo ante Jesús. Es pedirle cuentas de su gesto. Jesús contestó: “Destruye este Templo y en tres días lo levantaré”.

Las autoridades interpretan mal estas palabras de Jesús y Juan precisa “pero Él hablaba del templo de su cuerpo”. ¿Qué significan estas palabras de Jesús?: Significan que con Él, el templo ha caducado, que Él es el verdadero Templo de Dios, en el que el Amor del Padre, se hace presente para todo el mundo. Jesús viene a decirnos: “El verdadero templo de Dios soy yo. La presencia de Dios entre los hombres soy yo. Sé que me van a destruir, que romperán mi cuerpo, pero yo lo reconstruiré en tres días”.

Sí, el verdadero templo es su propio cuerpo y todo ser humano habitado por Él. Jesús nos convierte a todos en templos vivos de Dios, lugares de su presencia; todo ser humano es templo del Dios vivo. Para Jesús el ser humano es templo de Dios. San Pablo se lo recuerda a la comunidad de Corinto: “¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu habita en Ustedes?” (1 Cor 3,16). Así que el verdadero lugar del encuentro con Dios no será un templo, el lugar del encuentro del hombre con Dios será el mismo hombre. Por eso el Papa Francisco nos invita a una cultura del encuentro. ¿No tendríamos que convertir nuestras comunidades en un espacio de encuentro fraternal a donde nadie se les cierre las puertas y donde nadie se sienta excluido?

Hoy sabemos que Dios sigue siendo profanado en sus templos vivos. Hay templos de Dios profanados por las leyes injustas, por el terrorismo y las guerras, por actos de opresión y por la crueldad. ¿Cuántas profanaciones de los templos de Dios en los países empobrecidos? ¿Cuántas profanaciones de los templos de Dios en tantos marginados y excluidos de nuestra sociedad? Actualmente ¿Cuántas profanaciones en esos cristianos asesinados cruelmente por personas enloquecidas? Con este gesto audaz y provocativo en el templo de Jerusalén, Jesús aparece como un innovador radical de toda religión.

Él no ha venido a crear una nueva religión, sino a abrir un camino de amor y de comunión para todo ser humano. Jesús proclama que Él es el nuevo Templo de Dios y que la gloria de Dios habita en nosotros. La gloria de Dios es que el hombre viva (San Irineo). Y también la gloria de Dios, es que el pobre viva. Este domingo podemos decirle: Señor Jesús, hoy te contemplamos lleno de pasión, expulsando a los mercaderes del Templo, concédenos descubrir que Tú eres el único Templo y que todos los seres humanos son lugares de tu presencia.

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