Editorial: Nuestra voz | Las heridas de la migración en la familia

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Al intentar analizar el fenómeno migratorio en Honduras es interesante subrayar que, cuando pensamos en él, usualmente nuestro pensamiento se centra en los flujos tradicionales dirigidos a los Estados Unidos, olvidando a los hondureños que se mueven a Europa, especialmente a España e Italia. Ambos flujos migratorios tienen particularidades muy especiales en cuanto al miembro de la familia que decide emigrar, porque esa decisión pasa por el tipo de inserción en los mercados de trabajo del país al que se trasladan, los procesos de discriminación por la raza o el credo religioso y el manejo del idioma.

Frecuentemente a España e Italia emigran mujeres, mamás en un alto porcentaje, porque en esos países hay demanda de personas que se dediquen a cuidar ancianos u enfermos o al servicio doméstico y a Estados Unidos la proporción se invierte y emigran los hombres ante la expectativa de conseguir un trabajo en el sector agrícola o de la construcción. Está claro que la migración implica procesos de fragmentación y reagrupamiento de la unidad familiar que normalmente provocan cambios estructurales substanciales en el funcionamiento de la familia y se agudizan cuando el que emigra es el jefe de la familia, quedando a la deriva y en el desamparo principalmente niños, jóvenes y mujeres.

Los niños y adolescentes víctimas de esa desintegración familiar, se vuelven inseguros, se aíslan y con frecuencia los sentimientos de abandono y de inferioridad los acompañan en su vida futura. Sin embargo, a pesar esas consecuencias, muchos se van con la esperanza de trabajar, ahorrar y volver, envían dinero por unos meses y luego, más temprano que tarde, la soledad los obliga a buscar compañía creando nuevos lazos afectivos que desplazan a la familia dejada en Honduras; otros salen con el objetivo de llevarse la familia cuando la situación económica mejore y su estatus migratorio sea regular, pudiendo pasar muchos años antes de que se cumpla ese sueño.

El efecto de ese período de separación forzada, de más o menos largo tiempo, durante el cual los hijos se quedan en Honduras junto con miembros de la familia como los abuelos o tíos, se relaciona con el reencuentro y la capacidad de reconstruir y recrear las relaciones con personas ahora desconocidas, que el tiempo y la distancia han vuelto extrañas; especialmente, en los casos en que las madres o padres se fueron cuando los hijos eran todavía muy pequeños.

Y a pesar de la sana intención, las dificultades son múltiples dado que la reunificación o encuentro no implica, necesariamente, encontrarse en “su propia familia” sino la aceptación de una familia reconstituida, a veces, con una nueva pareja de la madre o padre y nuevos hijos nacidos de esa unión posterior. Sin duda, la familia es una estructura orgánica de la sociedad, por la cual ésta crece y transmite sus valores y su cultura. Si funciona medianamente bien, el recambio generacional va a ser de buena calidad, con personas capaces de convivir e interactuar generosa y eficazmente, de tal forma que el éxodo de hondureños afecta la salud del tejido social y es responsabilidad del Estado mejorar las condiciones de seguridad, de conflictividad, de pobreza para parar la fuga de valiosos ciudadanos.

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