¿Cómo ser un Instrumento de Paz?

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Por Liss Cruz

El mundo actual se mueve rápido y nos invita a ocuparnos y preocuparnos de todo, a movernos rápido, a quejarnos de todo, a no tolerar, a no aceptar y asumir más que los errores y debilidades propias, pero no las de otros; y así la vida transcurre en un vaivén de opiniones y conflictos personales, familiares, sociales y culturales.

Con todo esto, parece que el ofrecimiento evangélico de Jesús: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.” (San Juan 14,27), ya no llena el corazón, ya no conforta, ni interesa, pues las redes sociales y los medios de comunicación en general, están plagados de violencia, de ataques a la vida, a la dignidad, a la imagen del prójimo, a la sana convivencia, a los valores morales y espirituales. Sin embargo, esa misma actitud demuestra lo necesitada que está la humanidad de la paz que sólo Dios puede dar.

El la RAE define como paz como: “Situación y relación mutua de quienes no están en guerra, f. Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la turbulencia.”; pero basta una mirada a la realidad tanto individual como social, para comprobar que esa anhelada paz no existe. ¿Qué hacer ante un panorama desolador?

Para el cristiano, esto no debe ser un motivo de desánimo, sino más bien un impulso a buscar en primer lugar la paz interior y luego trabajar desde su propia vocación por construir la paz, como invitó San Juan Pablo II, en una de sus visitas a El Salvador: “Todos tienen el deber de ser artesanos de la paz”. En esta misión, la escritura (Gal. 5, 22)  nos indica de dónde proviene la paz: ¡Es Fruto del Espíritu!, por lo tanto es necesario cultivarla en el interior de cada ser humano, no puede existir paz sin una profunda vida interior y sin el anhelo de santidad, no puede existir paz, sin amor.

La Iglesia, que es Madre y Maestra nos ayuda en esta búsqueda, proponiéndonos medios para buscar la paz de nuestros corazones, pero también propiciando mecanismos de diálogo a nivel social, iluminando la realidad de las naciones. Y aunque parece difícil saber qué hacer y por dónde empezar, aquí proponemos algunas acciones que nos encaminen a hacerlo:

  1. Procurando una profunda vida interior: Si Dios es la fuente de la paz, el primer paso es ir a Él, viviendo los Sacramentos, la oración, la constante lectura de la palabra de Dios, la meditación de los misterios de la fe, convivencia fraterna de la Comunidad Eclesial, etc.
  2. Practicando el silencio en el interior y en el exterior: es necesario silenciar los ruidos y voces que ocultan la voz de Dios, que produce paz; pero también, evitar discusiones y palabras que generen conflicto, a veces “es mejor tener paz, que tener la razón”.
  3. Cumpliendo el mandamiento del AMOR: el amor verdadero tiene fuerza transformadora y redentora, nuestra respuesta a todo, debe ser siempre el amor, porque Dios es amor (1ª Jn. 4,8). Somos llamados a amarnos a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros enemigos… En todo, Amar.
  4. Sirviendo a los demás: desde nuestra realidad, somos constructores de paz, ayudando al que lo necesita, buscando el bienestar de los demás, a imitación de la Virgen María, la humilde esclava del Señor.
  5. Participando activamente de las causas justas: también es necesario ser valiente, para hacer presente el reino de los cielos, en esta tierra.

Vivimos tiempos que nos retan e invitan a dar todo de nosotros, a transformarnos y vivir el Evangelio de Cristo a plenitud, forjando la cultura de la paz y del amor.

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