El Evangelio de este último domingo del Mes de la Biblia en Honduras nos invita a cumplir la voluntad de Dios. La obediencia al Padre es expresión de la libertad de los hijos, que los hace responsables de sí mismos. Es decir, la obediencia a la voluntad divina -convenientemente discernida- pone en ejercicio nuestra capacidad de decisión. Y esa opción de elegir -en un sentido o en otro- es lo que nos configura como personas libres y responsables.
En la primera lectura, del profeta Ezequiel, se habla directamente de la opción de vida en la santidad o en el pecado. El pasado influye en el presente, pero no determina el futuro, que puede ser diferente, conforme a las decisiones que nos configuran. “Si el pecador se arrepiente” se salvará; en cambio el que deje de conducirse con honradez, puede condenarse. Eso no es ni una rebaja de exigencia ni una amenaza, sencillamente expresa la vida como oportunidad y riesgo. La vida humana consiste justamente en eso, en una multitud de posibilidades que principalmente dependen de nuestras propias decisiones libres y conscientes. No olvidemos que Dios tiene sus momentos de gracia para nosotros, si por desobediencia perdemos uno, tal vez no volverá ese momento.
La segunda lectura nos invita a unas relaciones interpersonales de colaboración y diálogo, conforme a los sentimientos de Jesús, que describe bellamente en el llamado “himno de la kénosis”. En este sentido, la carta a los Filipenses nos invita a no aferrarnos a las cosas, pero tampoco a cuotas de prestigio o poder. Esto es posible cuando escuchamos al Padre como la voz que nos ama sin condiciones. La libertad que Dios nos ha dado nos permite obedecer, y esa obediencia permite a Dios actuar en nosotros, que es con mucho lo mejor que puede ocurrir. La perfección cristiana no consiste en éxtasis extraordinarios o devociones particulares, sino en cumplir la voluntad del buen Dios.
En el Evangelio de Mateo se nos presenta una situación admirable: el hijo puede negarse al Padre. ¡El ser humano puede decir no a su Creador! Algo inaudito, pero que Dios mismo acepta con una enorme paciencia, esperando nuestra respuesta positiva a su oferta de redención. “Quien te ha creado sin ti, no te salvará sin ti”. Tú, redimido por pura Gracia, entras a ser parte activa de tu propia salvación. Gracia, responsabilidad, libertad, obediencia, redención… se vinculan y envuelven en la insondable gratuidad de Dios. San Vicente de Paúl decía: “La obediencia es el vínculo de nuestra comunidad y el fundamento de toda su felicidad”.
Así como el primer hijo, responde de manera falsa y superficial, sin auténtica actitud de obediencia filial, el segundo hijo responde orgullosa y precipitadamente, pero la posterior reflexión le lleva a recapacitar y a hacer la voluntad expresada por el padre. Así nosotros, aunque llamados a que nuestra respuesta sea sí, cuando es sí, y no cuando es no, incluso en el error podemos rectificar y adherirnos a Dios. En ese caso no somos recriminados por nuestro pasado, sino aceptados por nuestra humildad. Porque el que es la Verdad se reconoce a sí mismo en nuestra sinceridad.