Tenía la serenidad de quien aprendió a escuchar antes de hablar. Su figura transmitía firmeza, pero detrás de su carácter reservado habitaba un pastor cercano, capaz de acompañar silenciosamente las alegrías y las heridas de su pueblo. Así recuerdan muchos a Monseñor Teodoro Gómez Rivera, Obispo de la Diócesis de Choluteca, cuya inesperada partida ha dejado un profundo vacío en la Iglesia hondureña. El prelado falleció el 28 de septiembre de 2026 en Madrid, España, mientras viajaba hacia Roma para participar en la Visita Ad Limina de la Conferencia Episcopal.
Legado
Monseñor Teodoro Gómez Rivera llevaba en el rostro la sencillez del sur hondureño. Hijo de una familia campesina de la aldea El Banquillo, en El Corpus, Choluteca, aprendió desde joven el valor del trabajo, la constancia y la fe. Aquellos años entre la tierra cultivada y las pequeñas comunidades rurales marcaron para siempre el corazón de quien llegaría a convertirse en sacerdote, obispo y uno de los pastores más queridos de la Iglesia hondureña.
Más allá de los cargos que desempeñó durante su ministerio, quienes lo conocieron prefieren recordarlo por detalles sencillos. Era el pastor que preguntaba por las familias, el formador atento al crecimiento de los seminaristas y el hombre que entendía la autoridad como una forma de servicio. Su lema episcopal, servir en obediencia a Dios y a la Iglesia, no quedó escrito solamente en un escudo; se convirtió en una manera concreta de vivir.
El Padre Heber Espinal, formador del Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa, recuerda que tras una apariencia inicialmente reservada se encontraba una persona abierta al encuentro. Lo describe como un hombre sereno y tranquilo, siempre dispuesto al diálogo y con un profundo deseo de entregar lo mejor de sí en la misión que le había sido confiada.
Pastor
No era un hombre de grandes discursos ni de protagonismos innecesarios. Su liderazgo nacía de la coherencia. Hablaba poco, pero sus palabras permanecían. Corregía cuando era necesario, exigía cuando la misión lo demandaba y acompañaba con paciencia cuando alguien necesitaba orientación. Esa combinación de firmeza y cercanía terminó convirtiéndolo en una referencia para generaciones de sacerdotes y seminaristas.
Entre esos jóvenes se encuentra Óscar Perla, quien asegura que el legado de Monseñor Teodoro es un legado de esperanza. Al recordar su partida, destaca que murió mientras se dirigía a cumplir una responsabilidad eclesial, un hecho que para muchos se convierte en símbolo de una vida completamente entregada al servicio. "Monseñor Teodoro ha fallecido, pero con las botas puestas", afirma el seminarista, convencido de que su ejemplo seguirá inspirando futuras vocaciones. También Allan Dubón guarda una memoria profundamente personal. Durante años lo tuvo como párroco y conoció de cerca su pasión por la liturgia, su cariño por las comunidades y su capacidad para acompañar procesos vocacionales. Lo recuerda como un pastor cercano, exigente y profundamente comprometido con la formación de quienes un día servirán a la Iglesia. Para Jorge Meléndez, la huella de Monseñor Teodoro permanece en palabras que repetía constantemente: fidelidad, coherencia, transparencia y obediencia. Valores que, según el seminarista, definieron no solo su enseñanza, sino también toda su vida sacerdotal y episcopal.
Despedida
Hoy, la Iglesia en Honduras despide a un obispo, pero también a un hermano, un formador y un guía espiritual. Su ausencia se siente en los templos, en los seminarios y en las comunidades que recorrió durante décadas. Sin embargo, entre el dolor emerge la gratitud. Gratitud por una vida gastada en favor del Evangelio, por un corazón que nunca olvidó sus raíces campesinas y por un pastor que caminó junto a su pueblo hasta el último tramo de su viaje. Porque hay personas cuya voz se apaga, pero cuyo testimonio continúa hablando. Y para muchos hondureños, Monseñor Teodoro Gómez Rivera será siempre una de ellas.