Concluimos hoy en toda Honduras el mes en el que hemos compartido sobre la vocación y misión de las familias católicas. Las familias no son “parte de la Iglesia” sino sencillamente, “son la Iglesia”. Porque sin familias no construiremos comunidad cristiana y tampoco sociedad civil. A todos nos interesa el bien de las familias, y muchos hablamos bien de las familias, por ello todos deberíamos custodiar la vida familiar.
Uno de los elementos que une y hace crecer la familia católica es asistir cada domingo a Misa, como hacemos hoy. Hemos escuchado juntos la Palabra de Dios, después bien podemos comentarla en casa. La homilía es de alguna manera, un comentario familiar y eclesial de las lecturas dominicales.
En concreto, hoy el pasaje de Mateo (cap.16) que hemos escuchado debe ser comprendido de manera íntegra, ya que un elemento explica y supone los otros. Primeramente el lugar y momento del diálogo, camino de Jerusalén, a dónde Jesús de manera consciente y voluntaria se dirige para culminar su misión. Seguidamente, -como los gestos deben ser explicados-, Jesús les anuncia a qué se dirige a Jerusalén: allí sufrirá mucho por causa de los ancianos, jefes y maestros de la ley, e incluso habrá de morir, y resucitar.
Ante ello y de manera precipitada, Pedro quiere aconsejar al Maestro, pero lo hace “con los pensamientos de los hombres”, no con los de Dios. A lo que Jesús responde con una fortísima reprensión, que de no haber ocurrido, sería imposible que el evangelista la pudiera inventar. Después, dirigiéndose a la gente, Cristo invita a cargar la cruz y seguirlo. Por último, la conclusión es de ámbito escatológico, con la futura venida del Hijo del hombre y el trato a cada uno según su conducta.
Y permítanme que insista en esta última palabra: conducta. Expresión relacionada con “conducir” y significa algo así como “llevar con criterio”, o “guiar la existencia conforme a un acompañante”. En nuestro caso, vivir conforme a Jesucristo. No nos engañemos, somos lo que hacemos repetidamente. No somos lo que decimos o pensamos, sino lo que practicamos. Y lo que estamos llamados a hacer una y otra vez es lo que nos pedía Jesús: negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz y seguirle. Es decir, no engañarnos con que podemos avanzar solos; aceptar nuestras limitaciones y sufrimientos como el propio Cristo hizo primero; y avanzar por el camino del bien que Jesucristo mostró en su vida.
De manera resumida, el Evangelio de hoy nos habla de camino, cruz y gloria: caminar acompañados por Jesús; afirmar a Cristo con más fuerza que a nosotros mismos; glorificar a Dios en todas nuestras acciones.
Iniciamos la vida siendo lo que hemos recibido. Pero la terminaremos siendo lo que hayamos hecho en ella. La coherencia de nuestras obras y nuestra fe son la conducta que Jesucristo espera encontrar en nosotros cuando venga en gloria.
La Misa dominical que estamos celebrando al final del mes de las familias, fortalezca en nosotros el seguimiento de Jesucristo, cargando con nuestras cruces con esperanza y conduciéndonos como ofrenda viva agradable a Dios.