Tegucigalpa arriba a un nuevo aniversario entre el contraste de sus montañas históricas y la dura realidad cotidiana que enfrentan más de 1.3 millones de habitantes según estimaciones del año 2024. Convertida en el corazón político y administrativo de Honduras, la capital no solo exhibe el dinamismo de su comercio y desarrollo vial, sino también las profundas cicatrices del crecimiento urbano hasta cierto punto desordenado y heridas sociales que apelan directamente a la conciencia colectiva y pastoral.
Celebrar su 448 de aniversario de fundación el próximo 29 de septiembre, que a su vez coincide con la celebración a San Miguel Arcángel, su Santo patrono, trae consigo una agenda de actividades que incluye carnaval, conciertos, espectáculos infantiles y una novedosa feria durante septiembre, misma que este año ha sido postergada por la autoridades municipales que a distintos niveles de alerta que el Centro de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos de Honduras (Cenaos-Copeco) ha emitido por fuertes lluvias que comenzaron el pasado sábado 19 de septiembre.
Desafíos
Más allá de las celebraciones, el aniversario es propicio para alzar la mirada más allá de las celebraciones, desde la perspectiva urbana, el Municipio del Distrito Central afronta una de sus crisis más complejas. La topografía que resguarda la ciudad se ha vuelto su principal factor de riesgo. Reportes de la Alcaldía Municipal del Distrito Central (AMDC) e instituciones de protección civil indican que más de 760 barrios y colonias habitan en zonas de alta vulnerabilidad a deslizamientos e inundaciones.
El cambio climático, la deforestación, el exceso de basura en las calles, han agudizado la crisis del agua. Las autoridades locales se ven obligadas a mantener racionamientos severos del vital líquido hasta de 12 días, mientras flotas de cisternas públicas intentan mitigar la sed en los sectores periféricos marginados.
El “infernal” tráfico vehicular que roba la paciencia a los capitalinos a diario y el exceso de inundaciones con lluvias intensas con minutos de duración denota el inmenso retraso en infraestructura que arrastra la ciudad desde hace varios años. Las periferias de la ciudad sufren el impacto continuado de la exclusión social, la falta de empleo formal y el flagelo de la violencia que provoca el desplazamiento forzado de familias enteras. Decenas de hogares deben abandonar sus viviendas en busca de refugio ante amenazas de estructuras criminales, fracturando el tejido comunitario.
Anhelo
Ante este escenario, la Iglesia en Honduras ha reiterado que el desarrollo de la ciudad no puede medirse solo por el concreto o los pasos a desnivel, sino por la dignidad de su gente. Desde una mirada pastoral, la capital requiere una conversión que promueva la solidaridad con los más desposeídos, la protección de la Casa Común y el rescate de la juventud expuesta a las maras y la violencia. Afrontar el futuro de Tegucigalpa demanda una acción integrada donde las autoridades locales, la sociedad civil y las comunidades de fe unan esfuerzos.